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Una escapada perfecta al Delta

Una escapada perfecta al Delta

Excelente plan para un fin de semana de otoño: una escapada al Tigre, lejos del mundanal ruido y cerca del río, la naturaleza y la buena cocina. Leé la crónica de Couto, tentate y prepará tu bolso para el próximo sábado.

4 de junio de 2014

 

 

AUSPICIA ESTA SECCION OLIOVITA

 

 

 

El Delta es un verdadero oasis capaz de cautivar a cualquiera. Cuesta creer que pueda conservarse inalterable estando tan cercano a una urbe caótica como lo es actualmente Buenos Aires.

 

Mi padre supo tener una cabaña pionera en la zona del Rama Negra, pasé la mayoría de los fines de semana de mi infancia en la isla y puede que sea por eso que tengo una total afinidad con el Delta y en especial con el río.

 

Veranos en el Delta pareciera ser una propuesta siempre cautivante, pero cuando el calor deja de ser agobiante y el otoño muestra su gélido aliento la propuesta de este lugar paradisíaco es otra.

 

Al cobijo del verde de su enmarañada selva, el Delta invita a otras prácticas para desenchufarse de todo y poder conectarse con su naturaleza.

 

Pareciese ser una bendición que el Delta continúe manteniéndose sorprendentemente incólume en toda su grandiosidad pese al permanente asedio de la gran ciudad.

 

Llevado por la intriga de qué se puede hacer en el Delta en otoño fue que me encontré muy temprano un sábado por la mañana desafiando la baja temperatura ambiente a la espera en la estación fluvial de Tigre de la lancha que me llevaría rumbo a la Posada Isla Escondida.

 

El plan me resultaba seductor y diferente para alguien como yo: un fin de semana alejado del mundanal ruido en un emprendimiento turístico sustentable rodeado de río, flora y fauna con actividades muy poco frecuentes para mi persona.

 

Paseos biológicos guiados, yoga, charlas anti-stress, sauna, masajes y pileta climatizada era el menú de otoño de la Posada Isla Escondida que aguardaba por mí y quienes descendimos de la lancha esa mañana.

 

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SÁBADO PRIMER DÍA

 

Isla Escondida, la posada, es un enorme caserón inglés del siglo XIX, de los primeros que supieron poblar el Delta y hoy en su mayoría ya extintos.

 

Si bien la enorme construcción ha sido restaurada con el correr del tiempo, conserva su prestancia y sus nobles materiales originales como sus añosos pisos, sus techos de pinotea y algo muy típico del Tigre de principios de siglo: paredes originales de adobe.

 

Mi habitación con vista al arroyo resultó ser agradable, con los aditamentos de la vida moderna suficientes como para no desesperar, un buen plasma con TV por cable y un aire acondicionado frío- calor para palear el frío tajante de la noche.

 

El wi-fi casi que te lo debo, pero no está nada mal que esto suceda si de disfrutar del entorno de la naturaleza y alcanzar la completa armonía de mente y espíritu se trata.

 

Luego de desensillar me dediqué a recorrer las instalaciones, un gran parque con mesas, sillones y camastros, frondosa arboleda, una espectacular pileta inútil en otoño y otra muy apropiada y cálida pileta cubierta. Dos muelles, canoas y río todo alrededor, completando el cuadro.

 

Después de tanta lluvia era un día hermoso, así que me decidí por tomar sol, varios Negronis y aguardar ansioso la hora del almuerzo: a mí la naturaleza me da apetito.

 

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He de aclarar aquí que era el único tipo solo allí y rodeado de parejas en busca de privacidad en un fin de semana en el Delta y, según pareciese, con otro tipo de apetito que saciar.

 

En un muy agradable comedor, bien ambientado con cierto estilo Viet-Tai y con una muy buena selección de música reggae de fondo, que luego pude comprobar nos acompañaría todo el fin de semana, me senté a aguardar el menú de mediodía.

 

El reggae pareciera ser una música que a la isla le sienta como anillo al dedo. Primer plato del menú: ensalada rusa con jamón cocido y tomate, todo muy fresco y sabroso aunque un poco desacertado me pareció el hecho de servir una entrada fría para la baja temperatura reinante.

 

El plato principal consistió en una porción de pollo al verdeo con papas al horno, todo muy correctamente hecho. Los postres resultaron ser de estilo goloso pecaminoso, siesteros, y unas copas de vino (Goyenechea Cabernet) acompañaron a la perfección mi almuerzo.

 

La atención del personal de la isla resultó ser por demás amable, muy agradable y si bien resultaron ser gente citadina que viaja a cumplir con su tarea el fin de semana, parecieran contagiarse de ese algo tan maravilloso que resulta parte del ser del típico isleño.

 

Una especie de mirada chalónica de las cosas, una postura de disfrutar el día a día, que contagia lo que la gran mayoría va a buscar, paz y relax. A lo lejos, Bob Marley cantaba: “No voy a esperar en vano por tu amor…”.

 

El resto del día lo dediqué a sentarme al sol como un camaleón, leer, reflexionar y beber como Dios manda. Antes de esto, me tomaron reserva de mi hora correspondiente de jacuzzi y sauna para el día siguiente.

 

Luego, una dosis de TV y acicalarme. Al salir del cuarto, la noche y la bruma parecían haberlo invadido todo, la temperatura había descendido al quinto infierno y la posibilidad de una buena cena al calor de los leños me tentaba.

 

Una vez afuera, me maravillé con algo que había olvidado respecto del Delta: la noche es uno de los bienes más preciados del río, la grandiosidad de las estrellas le pertenecen.

Allí logran verse de manera descomunal.

 

Cené realmente bien, una omelette perfecta con un tomate de la isla por demás sabroso y de principal unos Sorrentinos caseros espectaculares con un fileto fresco y muy bien hecho.

 

De postre comí panqueque con hilos de chocolate y, salvo una copa que le convidé al jardinero, me bebí una botella de Montechez Malbec Limited Edition 2011 que resultó estar superlativo. Esa noche dormí cual lirón.

 

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DOMINGO, SEGUNDO DÍA

 

Me levanté muy temprano y con hambre, casi que prácticamente tuve que apurar a la cocina para que me sirviesen el desayuno, consistente en tres medialunas calentitas, pan tostado, café doble y un maravilloso gran vaso de jugo de naranjas recién exprimido. Las naranjas del Tigre tienen ese no se qué.

 

En un cuarto aparte de la casa, aguardaba mi sesión de hidroterapia, un jacuzzi rebosante de espuma y furibundos chorros de agua junto a un sauna que decidí desdeñar.

 

Luego de mi hora ensoñada entre borbotones de agua, salí más sedado que un oso perezoso.

Me vestí y me dirigí al parque a tirarme al sol en una reposera.

 

Cuando terminaba de encender mi primer cigarrillo del día y pedir mi primer Negroni, una chica muy amable de sonrisa bondadosa se me acercó y me anotició que iba a comenzar la clase de yoga y meditación y me invitó a participar. No me insistió, pero a quienes participaron los vi volver maravillados.

 

Luego de disfrutar de una límpida piscina climatizada, el aroma de la parrilla me incitó a rumbear para la casa.

 

El menú del domingo consistió en una entrada de dos exquisitas empanadas de pollo isleño y de un generoso asado consistente en chorizo, morcilla, chinchulines, riñones, vacío y asado servido en parrillitas individuales a la mesa.

 

El punto de cocción no me resultó el ideal, pero es problema mío si a la gran mayoría les gusta asado bien cocido y yo muero por la carne sanguinolenta, punto vampiro.

 

Luego de varios vasos de vino con soda a la usanza isleña, opté por el mejor relax que me proponía el spa: una placentera siesta en mi habitación.

 

Un muy amable biólogo, mientras me retiraba a mis aposentos, proponía a quienes quisieran acompañarlo una caminata por la enmarañada jungla de la isla y sus arroyos circundantes.

 

Luego de una merienda frugal a las 18 hs, la lancha privada de La Isla Escondida pasó a buscarnos para botarnos en tan solo media hora de navegación en la convulsionada estación fluvial de un Tigre poblado por una multitud de gente que volvía de su dominical paseo por el Puerto de Frutos.

 

Sinceramente disfruté de mi fin de semana en La Isla Escondida y de mi reencuentro con el maravilloso Delta. A mi modo, mi antojo de ocio se había visto plenamente saciado.

 

¡Salud!

 

  

 

Data adicional:

La Posada dispone de 9 confortables habitaciones con vista a los jardines y al arroyo Esperita, que por ser poco navegado ofrece una atmósfera de tranquilidad e intimidad y 2 cabañas exclusivas. Además dispone de dos hectáreas de parque y jardines con camastros, piscina exterior, solarium de arena, sala relax equipado con sauna seco e hidromasaje, bar y restaurante. Hospedaje todo incluido 2 días/ 1 noche: suite vista al jardín $1400 por persona, suite vista al arroyo $1600 por persona. Check in: 10 am – Check out: 6 pm día siguiente. Consultar promo noches adicionales 20% off.

Contacto: www.islaescondidadelta.com.arinfo@islaescondida.com.ar  Estación Fluvial Tigre – Stand n°18 Mitre 335 frente a Mc Donalds – Tels: 5245-9770 / 15-6390-7086-87.

 

fcouto

1 comentario

  • Me encantó el relato de un finde en el Delta, ese lugar debe tener la magia de las casas del delta con la diferencia que sos perfectamente atendido, las opociones que dan stán muy buenas el precio para este momento no es alto, es muy recomendable hasta para uno mismo, sobre todo para mi que necesito alejarme un poco de algunos problemas, que no se van pero el estar en un ambiente diferente los mitiga. Eso ya lo probé y es como digo llena mi cabeza de cosas armé mi maleta y me alejé 15 días, volví como nueva con otra visión de las cosas

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