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Un libro de cocina diferente: Italpast

Por Alejandro Maglione

Es evidente que algunas editoriales de nuestro país han encontrado un filón en la veta de publicar libros con cocineros consagrados. El formato, por lo general, es bastante similar: fotos del protagonista en todas las poses imaginables, desbordantes de glamour, intentando un aire casual como mirando por encima de su hombro con expresión de haber sido sorprendidos por el fotógrafo. Lo que no significa una crítica. Es simplemente un señalamiento, una observación,  acerca de un formato, donde protagonistas sub 30 o sub 50, sienten llegado el momento de ser inmortalizados.

Catapulta es una editorial que intenta recorrer un camino bastante original, en donde abundan los dibujos o las fotos familiares o grupales. Otro punto de vista. También respetable.

En ese marco, salió el libro “Italpast”, en un formato propio de Pedro Picciau, que cultiva el bajo perfil y suele compartir los elogios a su genialidad con su familia y su equipo de trabajo. Elude la centralidad.

El libro es delicioso, no solo por sus recetas, sino por una suerte de notas al margen, como es la extensa introducción que escribió Arnaldo Gometz, de quien pocos conocíamos su pluma.

Gometz historia la vida de la familia Picciau como un cuento corto. Un texto lleno de colorido. Con abundante información de la geografía y la realidad de esta familia desde su origen en Cerdeña hasta la llegada y desarrollo en la Argentina.

Cuenta la historia de Gino Picciau y su esposa Cecilia. Una historia de un rigor que termina por apretar el corazón. Un Gino que, a todos los inconvenientes de la pobreza, le tuvo que sumar el haber estado en una guerra absurda en el Norte de África por un período de 6 años, separado de su mujer y familia.

Gino se reúne con su familia, pero por poco tiempo, porque casi de inmediato viene a la Argentina a “fare l’América”. Fue desarrollando múltiples oficios en La Plata, Mar del Plata, hasta que Cecilia le escribe una carta recordándole que en Campana, provincia de Buenos Aires, estaba radicado el viejo carpintero sardo que había sido vecino de ellos en el mismo pueblo. Y allí partió a tomarse de esa tabla de salvación a la que se solían aferrar muchos inmigrantes.

Por fin, gracias al “risparmio e remese”, como historia Arnaldo, reúne el dinero para que Cecilia y el pequeño Pietro vinieran a la Argentina, no sin antes dejar en la memoria de Pedro una procesión en homenaje del santo sardo San Efisio. La descripción de ese momento y todas las circunstancias que lo rodearon, hace sospechar que Gometz debe tener trabajos sin publicar ocultos en algún lado y que haría bien en darlos a conocer.

Pietro pasa a ser Pedro al desembarcar gracias a la caprichosa reescritura a la que eran afectos los funcionarios de Migraciones de aquellos años (transformaban a los Walter alemanes en Gualterios; o bien a los Dereck en Dericos).

La historia de los Picciau da un vuelco cuando le encargan a Gino “La Mensa” de la empresa Dálmine, que fundara Agostino Rocca. Esto le da coraje a Cecilia y empuja para avanzar con un Italbar. Una fábrica de pastas que innovó vendiendo también las salsas que debían acompañarlas. El complemento era un almacén, que Pedro y su hermano menor Juan Carlos –el primer Picciau argentino, según su propia descripción- recuerdan que era provisto por uno de los principales almacenes al por mayor de la época: Maglione & Cía.

En 1975 aparece otra mujer, Mona Martínez, que se casa con Pedro y de esa unión nacen dos hijos: Luciano y Mauro.

Pedro recuerda que eran años duros en los que Mauro adquiere la habilidad de preparar pizzas, que Luciano repartía en bicicleta, y así la economía familiar iba creciendo.

En el libro de marras, las abundantes recetas no son el resultado del paso de ninguno de la familia por una escuela de gastronomía. Son la consecuencia de los largos años de enseñanza de Cecilia –eximia cocinera familiar- y las propias creaciones de Pedro, como sus inolvidables “tortelloni burro e oro”, que justifican holgadamente el viaje a Campana para saborearlos.

Mona sigue siendo esa suerte de fuerza motora de la familia y la presentación del libro se hizo en la nueva terraza que se construyó en Italpast. En el mismo día fue la inauguración y la presentación.

El libro está abundantemente ilustrado con fotos de los platos cuyas recetas se incluyen y de distintos momentos que reflejan distintas etapas de la vida de la familia Picciau. Está los bisabuelos maternos; Gino y Cecilia; Mona, Pedro y sus hijos; de Pedro con su brigada de cocina. No, de él solo caminando con un canasto por un campo de lavandas…no hay nada. Pedro aparece solo a través de sus robustas manos amasando alguna creación.

Un libro imperdible, que da un mentís a los sabiondos que suelen afirmar “en la Argentina no hubo cocina italiana hasta hace pocos años…”. Como si aquella cocina de comienzos del siglo XX que los gallegos dueños de los antiguos bodegones no hubieran sabido preparar platos italianos para sus clientes inmigrantes. Hay que estar atento, porque incluso la tapa, no tiene la foto del protagonista estelar. No, la tapa es un mapa de Italia sobre fondo celeste. Un libro distinto y más que bienvenido. Gracias Pedro, Mona, Luciano y Mauro. Ah, y gracias Arnaldo…

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