Por Alejandro Maglione

Estos encuentros enogastronómicos que se realizan en la Argentina profunda suelen ser una mezcla curiosa de feria de vanidades, de intendentes y secretarios de turismo pugnando por la selfie con la celebridad gastronómica de turno que acercan los organizadores, la que es disputada por el o la organizadora –suelen ser esfuerzos individuales- y algunos habitantes cholulos de la zona.

Nada de esto pasó en este caso. La iniciativa del matrimonio de Carlos Etcheverry y Thais Guterrez, en la pequeña y encantadora Villa Traful, localidad que queda a mitad de camino de San Martín de los Andes y Villa La Angostura. El pueblo –de 700 a 1000 habitantes, dependiendo de a quién se le pregunte- se extiende por la costa del lindísimo Lago Traful. Los Etcheverry-Guterrez (Thais es una carioca pura devenida en patagónica furiosa), quizás mirándose en el espejo del siempre exitoso Bariloche a la Carta, priorizaron los cocineros locales, encabezados por el neuquino Pablo Buzzo, el barilochense adoptivo Federico Domínguez Fontán –ex chef ejecutivo del Llao-Llao devenido a pizzaiolo gourmet de alto vuelo, el chef dueño de casa en el Hotel Alto Traful, donde se localizó la movida, Martín García Rebecchi (que quizás imitando a algún cocinero mediático, se paseó con su hijo en brazos incansablemente); también fue de la partida Ezequiel González, chef del restaurante Saurus ubicado en la bodega Schroeder –una de las animadoras del evento- y Esteban Schniepp, chef del Torino Bar Bistró de San Martín de los Andes.

Como una muestra más del regionalismo, el soporte en el servicio y la asistencia en la cocina estuvo a cargo de alumnos de la Escuela de Gastronomía de Bariloche.

Como bodegas que dijeron presente, aparte de la mencionada Schroeder, estuvo la infaltable Humberto Canale, y es de destacar la icónica Bodega López, que quiso que su vino Traful fuera de la partida, acompañado de  sus clásicos Monchenot 10 años y Chateau Vieux. La presencia de los López nos lleva a imaginar que la estrategia de la familia es la de hacer un esfuerzo por reposicionar sus marcas en todo el país. Seguramente el 2019 será un año difícil para las bodegas que se queden quietas.

La gran movida fue el sábado 16 de marzo pasado, que coincidió con un día espectacular, soleado y sin viento, todo desarrollado en la enorme playa de estacionamiento del Hotel Alto Traful, que se convirtió en un lugar de escenarios múltiples, porque aparte de las actividades al aire libre, todos sus salones fueron ofreciendo alternativas tanto para sibaritas afectos al buen comer y beber,  como para amantes del arte.

Sí, del arte dije. Porque ¿de qué forma catalogar la cuchillería exhibida por el ebanista local Jorge Virasoro, cuya obra fuera distinguida en el 2012 por la UNESCO? Hubo también cuchillos obras de arte del joven artista sanmartinense Iván Berlatzky. Por aquí y allá había esculturas de madera salidas de la mano de Manuel Cuffoni. La pintura vino de San Martín de los Andes con magníficas obras de Darío Mastrosimone.

Siendo que los visitantes habíamos ido a disfrutar de diversas cuchipandas, lo cierto es que éstas comenzaron el viernes 15 al atardecer, con la excusa de que hacer la inauguración. Ahí tomó la iniciativa la cocina del hotel y se desarrolló un suculento tapeo, donde primaron, como en casi toda la feria, los productos neuquinos. Se destacaron el arrollado de cordero; humus de remolachas, aceite de oliva neuquino y frutos secos; Trucha arco Iris curada, salsa criolla de manzanas, zucchini y queso neutro;  empanadas de cordero;   ojo de bife braseado en Pinot  Noir nequino, chimichurri  de nuez y alioli;  mollejas de cordero, gírgolas y puré de peras. Fue una largada con expresiones de alta cocina patagónica, sin duda.

La propuesta de vinos en esta línea de largada no se quedó atrás: las cepas Cabernet Franc, Pinot Noir, Merlot, que tan bien se dan en la región del valle que va desde San Patricio del Chañar en Neuquén hasta General Roca en Río Negro, dieron su presente. Claro que la oferta de cepas estuvo lejos de agotarse con las 3 mencionadas. Hoy la Patagonia ofrece terroirs para cepas inimaginables de encontrar en la región hasta hace pocos años.

El día sábado los fuegos arrancaron temprano. Poco a poco fue apareciendo el paseo de artesanos y productores, livings rústicos de troncos y tablas de canto vivo y por su puesto las estrellas fueron los asadores y parrillas desde donde los chefs invitados mostraron y sirvieron de propia mano a los cerca de 300 asistentes, distintos cortes vacunos, de cordero y ciervo. La excelente calidad de las carnes, las frutas y verduras de Cedisur, el aceite de oliva Ethernum;  las delicadas especias de Sabor Natural de San Martín de los Andes, fueron la base de un menú que entusiasmó a todos.

Tanto los sponsors como los productores se esmeraron para que sus puestos, gazebos, etcétera se lucieran con el marco de fondo del bosque en primer plano y el lago imponente brillando al fondo le dieron un marco inolvidable. Es de destacar esta preocupación por la estética de las presentaciones, que a veces se descuidan en muchas exposiciones.

Los huéspedes del hotel, tuvieron el privilegio de tomarse un descanso en la pileta climatizada que estando al aire libre da la sensación de encontrarse inmersa en la naturaleza formando parte de ella.

Al atardecer del sábado y la mañana del domingo hubo charlas sobre vinos brindadas por los expertos de las bodegas presentes. Siendo que la dueña del hotel es brasileña, pareció escucharse de fondo una canción que en lugar de decir “tristeza nao tem fin…” la letra había cambiado por “bebida nao tem fin…”. Pero tuvo fin, lo que nos llevó a desear a los presentes, que los organizadores no vayan a esperar al año próximo para hacer la tercera edición de esta Traful Food & Wine.

 

 

 

 

 

 

 

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