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Rosario y su ‘Carlito’

Por Alejandro Maglione

Todo comenzó cuando me llamó el periodista rosarino Augusto Saracco y me invitó a formar parte del Jurado del Concurso Regional del Carlito, sin “s” por favor. El Carlito es un sándwich que, en Buenos Aires y otras ciudades, se lo suele llamar “tostado mixto”, solo que el Carlito es un sándwich icónico de la ciudad de Rosario, que si bien es muy parecido, no es igual.

En los años ’70 en la ciudad de Córdoba existía el Carlito y se lo llamaba igual, pero no se conocen bien los motivos por los que fue lentamente mutando hacia “tostado mixto”, también, y hoy salvo los más añosos, pocos recuerdan esta denominación.

El caso es que se hizo el concurso, con un enorme suceso de público presenciando la tarea de los sufridos jurados, que debieron probar 22 Carlito cada uno, porque se presentaron los “carliteros” de 11 bares diferentes, que hacían degustar un “clásico” y un “especial”. El clásico lleva jamón y queso, en pan de miga tostado, al que se le suele dar una mano de manteca en una de sus caras internas y entre el jamón y queso lleva el gran secreto de este plato rosarino: salsa kétchup. La ortodoxia indica que, si se adereza con mayonesa, pasa a ser un vulgar tostado, así que el tema de la salsa es clave.

El “especial” pasa a dejar libre la imaginación del cocinero, porque su contenido es el que desee su autor, siendo dos los productos preferidos: pollo preparado con crema y algún elemento más; y un trozo delgado de lomo, atrapado entre el jamón y el queso.

La cosa revistió tal formalidad que se hizo presente en el Mercado del Patio para inaugurar el concurso la intendenta de Rosario: Mónica Fein, quien dedico cálidas referencias al icónico sándwich. Asimismo, supervisando todo el desarrollo estuvo el Secretario de Turismo de la ciudad, Héctor De Bendictis.

Saracco rindió homenaje al que se reconoce como el creador del Carlito, un señor Rubén Ramírez, que fuera dueño del Bar Cachito, a su vez el lugar del nacimiento de su creación. El periodista y Presidente del Jurado, no dudó en calificar al sándwich como “el producto más rentable de la gastronomía rosarina”. También nos informó sobre la leyenda del origen del nombre: sería un homenaje a Carlos Gardel.

Era tan intensa la presencia de prensa, que uno de los jurados hubo de cambiarse la correcta campera que lucía, por un saco de fantasía. Ciertamente, un homenaje a las cámaras presentes y quizás, un exceso de coquetería.

Fue interesante que había un puntaje para los Carlito especiales por “facilidad de manejo”. Al probarlos comprendí la importancia del asunto: vienen tan cargados que se debieron terminar comiendo con cuchillo y tenedor, lo cual, parecería, que es un defecto. El 80% de los especiales requirieron del auxilio de los cubiertos, dicho sea de paso. Pero sus preparaciones, que en algún caso incluyeron hasta guacamole, eran deliciosas.

Quien tuviera la idea del concurso y fuera su organizador, fue Leo Santero, que entre otros emprendimientos, es el dueño del bar y restaurante “El Gran Chopp”, donde las alternativas de Carlito ocupan un buen espacio de su menú.

Estar en Rosario es una excelente oportunidad para otear cómo anda la propuesta de la gastronomía local. Cada día que pasa es más evidente que esta ciudad merece ser considerada un destino para hacer Turismo Gastronómico.

En una suerte de carrera de postas pude conocer el “Chinchibira”, en el barrio de Pichincha, donde Diego Hugolini presenta una carta muy interesante, en un lugar que se distinguía, y se sigue distinguiendo, por su barra de tragos.

Luego disfruté de la hospitalidad del querido Damián Delorenzi en su “Pasión por las brasas”, que la Semana Gastronómica que se estaba desarrollando, premió a su restaurante con un lleno total. Damián es realmente un personaje insoslayable de la gastronomía rosarina.

Bastante alejado del centro fui a husmear una curiosidad que es el “Belgrano Café”, que lo desarrollara Matías Dana con su padre José. Lo curioso del lugar reside en varios detalles: aparte del bar, con una barra generosísima, tiene un patio muy confortable donde comer; un almacén con productos de barrio y no tanto; y una impresionante cava subterránea donde guardan 1100 etiquetas de excelentes vinos argentinos. El precio del vino merodea el costo, porque la ganancia la obtienen cobrando “descorche”, como si uno hubiera llevado su propia botella. Una de las sorpresas más grandes es que han instalado una “fuente de vermú”. Uno pone el vaso en la canilla de la fuente y se sirve la bebida.

Lo dicho: hay que ir a Rosario con algo de tiempo y regalarse una suerte de paseo por su gastronomía, y en el entretiempo disfrutar de la ciudad que está lindísima.

Guía Oleo

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