Por Alejandro Maglione

Parece que el buen ejemplo que han sido y son las  exposiciones gastronómicas como Bariloche a la Carta, La cocina de los lagos, Madryn al Plato, entre otras, ha resultado en que este año los amigos de Eldorado, provincia de Misiones, siguieran tras la bandera que enarbolaba Jorge Amarilla y se lanzaran a organizar “Rock al Plato”.

Confieso que dudé mucho en animarme a ir, porque también hacia su debut fuera de Buenos Aires, en Mar del Plata más específicamente, la reconocida feria MASTICAR. Al final primó el criterio de que MASTICAR tenía el éxito asegurado, como ocurrió, y los edoradenses se merecían que alguien echara un vistazo al asunto y lo contara.

Eldorado es una ciudad fantástica, bastante poco conocida por porteños como yo. Ignoraba su maravillosa costanera sobre el río Paraná. Ignoraba que está en una suerte de “ruta de los saltos”, porque aparte de las imponentes cataratas de Iguazú, que quedan a una hora de distancia por una ruta fabulosa, y de los muy conocidos de Moconá, esta ruta tiene para ofrecer alrededor de 600 saltos para visitar en medio de la selva subtropical más agreste. Dependiendo, hay buenas hosterías o comodidades para acampar.

Eldorado es además vecina de una localidad que se llama Wanda. Por un momento de febrilidad me pregunté si había andado por allí el curioso señor Nara, pero no, la mina con ese nombre, es anterior a él y famosa por las piedras semipreciosas que se extraen de las entrañas de su tierra.

Antes de llegar no lograba entender esa supuesta locura de aunar a extraordinarias bandas de rock nacional con la gastronomía. Amarilla se ocupó de explicarme: “Eldorado es la ciudad de la Argentina con mayor cantidad de bandas de rock en proporción a sus habitantes”.

No terminan allí las curiosidades: es también una ciudad chorizo, alargada, como lo puede Villa La Angostura en Neuquén. Me explicó un comedido cicerone, Nazareno Zalazar: “los inmigrantes alemanes, polacos, suizos, etcétera fueron extrayendo madera y avanzando por una picada que hoy es la Avenida San Martín. Los colonos iban construyendo sus casas al costado de esta picada y con el tiempo quedamos diseñados de esta forma alargada”.

Antes de llegar a la feria quise conocer un par de lugares de prestigio en la zona: uno fue el Vistage donde ha tomado el control de la cocina Bruno Ferreyra. Después de almorzar allí fueron varios los que al cruzarme me preguntaban: ¿fuiste al Vistage?. Buen lugar.

También me di una vuelta por el Santino, donde descubrí el lugar en el que se encuentra una cuidada selección de vinos, gran variedad de excelentes cervezas, y unas picadas que incluyen escabeche de yacaré que, a pesar de su abundancia, tienden a desaparecer con rapidez.

Por fin, Rock al Plato estaba aguardando. Confieso que como dice el paisano, sentí “alguito” de calor. Pero los locales parecía que todo les parecía como si fuera primavera. Ni un comentario acerca del calor nocturno. Nada impidió que se disfrutara de la música que unas orquestas tras otra ofrecieran sus mejores temas, mientras la gente asediaba incesantemente los distintos stands que se montaron tanto dentro como fuera del predio techado.

Me encantaron las propuestas de Gabriela Gaby Machel de sus chutneys hechos con frutos tropicales de todo tipo, complementados con unas mostazas que son espectaculares. Conocía a Gaby de otros eventos, sobre todo del Masticar en Buenos Aires, donde siempre ha sido un suceso al presentar sus productos. En el mismo stand estaba el entrerriano César Lizarraga que está haciendo delicias a partir de nueces pecan.

Mariela Silguero tenía su puesto de deliciosos productos para celíacos de marca Vicen Tina”, que desarrolló junto con su madre cuando descubrió hace pocos años que ella misma era celíaca. Sus productos tienen tal calidad, que buena parte de los hoteles 5 estrellas de Iguazú se los encargan para el sector destinado a  celíacos de sus mesas de desayuno. A su lado, Isabel Buss presentaba también productos para celíacos pero en otra gama y con la marca “Todo corazón”.

En el patio al aire libre me encontré con un matrimonio que ofrecía exquisitas hamburguesas, que les importaba destacar que eran cocinadas a la parrilla, presentadas de diversas formas y orgullosos de su pan –la verdad que era muy rico-. Aquí también el stand estaba atentamente supervisado por la mamá de ella.

Un muchacho bonaerense de Merlo, casado con una colombiana, montó un exitoso stand de arepas. Me explicó la preocupación con que elaboraban la masa haciendo ellos su propia harina de maíz.

Un stand curioso me resultó el que montaron un grupo de japoneses, prolijamente vestidos con sus quimonos, donde ofrecían sus interesantes platos, como eran una suerte de fideos fritos.

Me dio mucho gusto haberme movido hasta Eldorado para participar de Rock al Plato, donde fueron tan amables de invitarme a dar una charla. Mi único consejo a don Jorge Amarilla es: ¡por favor don Jorge, que el próximo no sea en febrero! Ah, y me quedó debiendo un lindo paseo por el río que todo el mundo elogia sin retaceos.

 

 

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