Oleo Dixit

Restaurantes versus celulares

Por Alejandro Maglione

Ciertamente el tema no es nuevo ni es la primera vez que escribo al respecto. Pero lo que pasa es que el asunto de los celulares en bares y restaurantes va empeorando en lugar de mejorar.

¿Dónde está el problema?

Primero es que la gente que usa sus celulares en un ámbito cerrado como es un restaurante, con gente a pocos centímetros de distancia, estila usar un tono de voz entre alto y muy alto. Quizás no se trate de mala audición del usuario, sino que pareciera que cuando se menean temas de negocios es una forma de darse importancia frente a los comensales que los acompañan. No solo se impresiona con los temas que se tratan a los gritos, sino que además se intenta –sin malas intenciones, seguramente- mostrarse extremadamente requerido ya sea vía telefónica o mostrarse asediado por un sinfín de mensajes orales o escritos.

Segundo problema es que se desdibuja la comensalidad. La comensalidad se debe honrar sea que se esté con amigos o con la familia. Diría que especialmente cuando se está en la familia.

Una de las cosas que aprecian los extranjeros no latinos es que al visitar nuestro país advierten de inmediato que para los latinos y nosotros argentinos en particular, salir a comer con alguien no es un mero satisfacer una necesidad fisiológica o parte de otro programa como ir al teatro o al cine. Salir a comer ES el programa. Conozco docenas de grupos que se forman para salir a comer con amigos en fechas precisas y a lugares fijos o variables. En estos grupos es interesante ver que crece el censurar a los amigos “ocupados” que no pueden ceder un poco de su tiempo para participar de las charlas que se suceden.

Tercer problema es estrictamente familiar. Una familia, como se suelen ver, donde los niños y adultos transcurren con sus teléfonos o tabletas haciendo algo mejor que compartir la mesa con los suyos, es un espectáculo penoso. Siendo chico recordaba que a veces venían a comer a mi casa compañeros de colegio que se sorprendían porque en el comedor no estaba el “invitado fijo” de toda familia que se preciara: el televisor. En las mesas familiares de mis padres no se invitaba al televisor a participar. Es más, recuerdo que el hermano mayor de todos, un día trajo un teléfono fijo a la mesa para poder atender y efectuar llamadas: mi padre se levantó, desenchufó el teléfono y lo envió a comer a la cocina.

Porque padres que les ruegan a sus hijos que se concentren en los juegos o los mensajes de sus celulares o tabletas, lo que les están diciendo es: “ustedes no molesten y distráiganse silenciosamente, así no nos damos cuenta que están en la mesa…”. Los padres deben tomarse la molestia de enseñarles a sus hijos que la comensalidad es un valor que nos quiere robar la tecnología mal usada. Me encanta sentarme en una mesa con chicos o adolescentes y conocer qué cosas les preocupan; en que emplean su tiempo; de que hablan con los de su generación y un largo etcétera.

Los restaurantes reaccionan de distintas maneras: van desde la prohibición directa de su uso en su ámbito; proponen lockers donde dejar los teléfonos durante el almuerzo; colocan un cartel que dice “Zona libre de celulares”; hacen un descuento en la mesa donde no se utilizaron. En un restaurante en Nueva York leí una advertencia en el menú que me encantó: “agradecemos que no use su celular porque su funcionamiento afecta la calidad de nuestras salsas”. Cortito y al pie.

 A mí lo que más me gusta es que el que sufre de “celularitis compulsiva” se sienta amablemente invitado a retirarse del salón a atender sus llamados. Debería ser un gesto espontáneo como demostración que fue bien educado por sus padres. Pero no es frecuente, no importa incomodar a los demás: atienden en la mesa, a los gritos, hablan extensamente en lugar de explicar que están con otras personas a las que por respeto debo evitar molestarlos.

Lo que es claro es que la peor respuesta que puede tener un restaurante es no tener ninguna.

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