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No atiborrarse con comida para las fiestas: ¿o sí?

Por Alejandro Maglione

Al asunto. Por ahí se lo cruza en una radio al afamado Dr. Cormillot y como preside el batallón de nutricionistas Nac & Pop, nos calienta los oídos con consejos acerca de la moderación en el comer y el beber durante los encuentros familiares, o no, con motivos de las fiestas de fin de año.

Rebelarse. Si usted no come durante el año, ni en sueños, de la forma en que se plantean las comidas familiares de fin de año, ¿por qué hay que eludir el atiborre un par de días al año?}

Además, el buen Cormillot y sus escuderas, generalmente el oficio de nutricionista es abordado con coraje por las mujeres que nunca son ni tan-tan, ni muy-muy (me refiero a su masa corporal) parten de la base de que los sufridos argentinos todos tenemos el “con que” necesario para armar mesa atiborrante. Nunca tan bien aplicado aquello de: unos pueden y no quieren; otros quieren y no pueden…

La mesa familiar. Se sabe que para abordar la mesa familiar, cuando no es en nuestra casa, hay que armarse de una gran paciencia. Es difícil que las cosas resulten como las imaginaron con su pareja o el resto de su familia. Llegar y advertir faltantes es la norma de la casa. Los recién llegados se presentan cargados de bandejas y botellas y advierten que la mesa presenta un inquietante vacío.

Los dueños de casa suelen explicar “y…el peceto está a $400 el kg….”. Peor aún, la mamá, comenta mientras se seca las manos con el repasador: “estamos medio austeros porque Juanma –el hijo de la casa anfitriona- ahora es vegano y entonces no come nada de lo que preparábamos habitualmente…”. Una dama recién llegada, pregunta: “¿y entonces?”. Respuesta de la dueña de casa: “entonces, hay que arreglarse con una rica ensalada de lechuga con aceite y vinagre, porque no está permitido el huevo duro; tampoco la mayonesa; y ni mencionar trozitos de pechuga de pollo”.

Diga que a usted le comienzan a pesar las bandejas y resuelve apoyarlas en la mesa vacía y de inmediato la dueña de casa retira los plásticos protectores, para habilitar a que el resto de los invitados devoren lo que llevaron las visitas.

De pronto surge la pregunta: “¿vos no ibas a traer unos buñuelos de acelga?” Y la cuñada interpelada responde: “¿podés creer que me los olvidé en casa. Me dí cuenta cuando llegamos”

Suele suceder lo mismo con la bebida: son más frecuentes las manos vacías que los brazos cargando una caja de vino o sidra. Ni siquiera aparece el pack de gaseosas, sin el cual los adolescentes no pueden comer…Nada. Las fotos sin el botellón de plástico de dos litros sobre la mesa repleta de sobras, no serían un recuerdo adecuado.

Alternativa B. La mesa está llena de comida y sobra lo que hay para tomar. Y ahí aparecen Cormillot y sus discípulas, entregando miradas admonitorias recordando que en la vida “lo que vale es la salud” (¿será para consolarse por que no hay plata para las expensas de este mes?). Mire, entrele a todo. Olvídese de los viejos reclamos de que en el hemisferio Sur es verano y tenemos que comer con moderación. Que los turrones están prohibidos. Que las almendras tienen XXX calorías peligrosas. Y que el colesterol malo es peligroso…

Pregunta inquietante. Siempre me pregunté ¿cuáles son los platos exactamente que no se deben comer en las navidades veraniegas? Los argentinos comemos asado todo el año. De donde no puede ser extemporánea una mesa donde haya un rico lechón, o se sirva un asado jugoso, como siempre. ¿El pollo o la pavita son para climas invernales? ¿Quién lo dice? ¿Las frescas pascualinas o los huevos rellenos con paté, vendrían a ser para otro hemisferio?

Como no hay nadie sensato que pueda objetar estos platos, la mirada habría que dirigirla a los postres. Dudo las estrictas nutricionistas consideren que un pedazo de turrón o una rebanada de buen pan dulce hagan a la diferencia climática.

Conclusión. No lea ni escuche a los comentarios repetidos año a año sobre no excederse en las comidas, algo así como instarlo a trasladarse a pasar las fiestas a Letonia para quedar habilitado a entrarle a las garrapiñadas sin culpas geográficas.

Sí preste atención a la siempre sana sugerencia de no buscarse un ataque de presión por las broncas que se agarra con los faltantes en los aprovisionamientos programados o los comentarios del cuñado militante, que no comprende que la comida navideña no es el mejor momento para reivindicar justas causas sociales, que en medio de lo vahos etílicos resultan difíciles de comprender.

Una buena Navidad para todos y un gran Año Nuevo. Ah, y recuerde aquel consejo sabio: “es menester reírse sin haber alcanzado la felicidad, no sea cosa que se muera sin haber reído nunca…”.

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