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Liberaron las sillas y mesas en las veredas

Por Alejandro Maglione

Por fin el gobierno porteño quitó la gabela que pesaba sobre los bares y restaurantes que ponían sillas y mesas en sus veredas.

La norma, todavía vigente, decía que se podían poner sillas en las veredas siempre que el ancho de las mismas permitiera el paso de una silla de rueda. Limitación más que entendible y compartible, por supuesto. Dando lugar a que, como en tantos lugares del mundo, los ciudadanos puedan disfrutar de su espacio público libremente.

Pero la burocracia en su afán recaudador casi desenfrenado fue recorriendo un camino sutil. Algo así como la repetida referencia de las pobres ranas que se mueren en el agua hirviendo cuando se las coloca en el agua a partir de que está fría y se les va aumentando el calor lentamente.

Primero fue la saludable disposición de prohibir fumar en lugares públicos cerrados, que incluyeron a los bares y restaurantes.

Como el sector gastronómico corcoveó bastante, sacaron una resolución que permitía que dentro del ámbito de estos lugares se creara un espacio aislado para los fumadores. No funcionó, por lo que se estableció la prohibición de fumar lisa y llana.

Allí estos batalladores empresarios, pasaron a ocupar decididamente las veredas. Al aire libre los fumadores no incomodarían a nadie y todo el mundo en paz. (Por suerte ningún burócrata se enteró que en algunas ciudades de Suiza se prohíbe fumar en determinadas calles).

Pasaron los meses. Para comodidad de los clientes, los bares y restaurantes,  colocaron unos artefactos que lograban calefaccionar esos espacios, para que los clientes fumadores no se resfriaran. Alindaron los lugares con macetas. Mejores sillas. Lindas sombrillas. La alegría de la gastronomía al aire libre.

Claro, con lo que los empresarios no contaban era que el agua de la olla en que estaban metidos iba a calentarse hasta la locura: el gobierno les aplicó un cargo por metro cuadrado de vereda o espacio público que utilizaran.

Es decir, sobre llovido, mojado. No importó la caída de las ventas, el ataque furioso de la inflación, y todos los problemas por los que atravesaba el sector. No, recaudar es la norma y se debía cumplir a como diera lugar.

Tampoco importó no darse cuenta que más sillas donde sentarse, significaban más clientes. Y que esos clientes ya habían hecho su aporte a la aspiradora llamada Ingresos Brutos, como asimismo que la factura que pagaban también iría a las arcas fiscales en forma de IVA. No, se pagaba por esto, por aquello, por lo demás aquí y lo de más allá.

Entonces, parece, no se sabe bien como fue la cosa –o si se sabe, pero me pidieron no contarla- alguien descubrió que de pronto el control y la recaudación prácticamente significaban una erogación similar a lo finalmente recaudado, y ese injusto gravamen cayó.

Cuesta creer como los cuerpos legislativos nacional, provinciales o municipales, con la armada de asesores que tienen nuestros legisladores, no pueden medir las consecuencias de las normas que salen de sus recintos.

Un día alguien propuso y todos levantaron sus brazos aprobando, que no se podía utilizar la carne de guanaco comercialmente. Los levantadores de brazos obviamente instalados en el km. Cero de la República, ignorando que en las proximidades de la cordillera en las provincias de Chubut y Santa Cruz, el guanaco que se quería proteger crecía vegetativamente de manera alarmante, alzaron sus brazos protectores. Hoy se prohíbe el consumo de la carne de jabalí, que se encuentra clasificado como plaga y que además no es una especie autóctona de nuestro país. Y la lista de trabajos mal hechos, fruto de la mala información, del descuido en el análisis de lo que se aprueba, sigue siendo larga.

Bienvenida pues la iniciativa del Gobierno de la Ciudad por corregir un error, pero ojalá que sirva de advertencia para poner más cuidado a la hora aumentar gravámenes sobre ciudadanos que se sienten doblegados por el peso de las cargas que deben soportar. Amén.

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