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Las mesas de los bares y restaurantes en las veredas no alcanzan

Por Alejandro Maglione

Todos sabemos que los argentinos, los porteños en particular, somos bravos. Y entre los bravos, los dueños de los bares y restaurantes, quizás sean de los más bravos (¿si no como sobrevivirían?).

Se habilitaron las veredas después de 7 meses – ¡por fin! -. Los bares y restaurantes que lograron reabrir sus puertas, hay que reconocerles que hicieron un esfuerzo por darle una estética a la movida que fue destacable. Varias calles de Buenos Aires adquirieron un aire europeo agradable e inconfundible. El mismo comentario se pudo leer esta misma semana acerca del cambio de fisonomía de Nueva York, que ya sea por el frío o lo que fuera, no se destacaba por ser una ciudad muy “veredera”.

Pero resulta que todo este esfuerzo, muchos sienten que no han sido recompensados con la asistencia de público que esperaban.

Desde estas columnas, comenzando en el mes de abril, batimos el parche sobre que los dueños de bares y restaurantes fueran prolijos a la hora de ajustar los precios. Muchos, quizás la mayoría de sus clientes, no se enriquecieron ni mejoraron su situación económica durante la pandemia. En la mayoría de los casos su situación empeoró. Las excepciones que todos conocemos, nunca lograrán configurar una regla, ni llenar bares y restaurantes.

Sostuvimos, como lo hacemos ahora, que lo más sensato era hablar con sus locadores, los que alquilaran el local; hablar con los proveedores, para que entendieran que si no compartían el esfuerzo, la reapertura sería imposible; hablar con todos los niveles de gobierno para que se disminuyeran e incluso se dejaran de cobrar por un tiempo las decenas de cargas fiscales que soporta el sector; hablar con el sector sindical para recibir un desahogo en las cargas patronales, que permitiera recuperar rápidamente los niveles de ocupación del pasado; hablar con las empresas de servicios públicos, que se “olvidaron” de dejar de cobrar los “estimados” de consumo, a sabiendas de que esos clientes tenían sus puertas cerradas. Un tema inagotable.

Muy pocos siguieron este camino y los que lo siguieron hoy se sienten saliendo del pantano con paso firme. Recordemos que no pocos demoraron preciosas semanas en salir con el paliativo que fueron y son el delivery y el take away. Los que largaron a tiempo, hoy hasta han alquilado locales fuera de sus establecimientos, incluso algunos tomaron más personal, para que esta actividad que comenzó siendo marginal, se quede como una fuente de ingresos permanente.

Pero los clientes, en muchos casos, demoran en regresar. La campaña de atemorizar a los ciudadanos fue de tal intensidad que el sentarse en una mesa a muchos todavía les infunde temor. Temor que curiosamente pareciera que arrecia de lunes a jueves, pero cede viernes, sábados y domingos. ¿Será que los porteños manejamos el susto a nuestro antojo según el día de la semana…?

A los muchos que se quejan de días de locales vacíos, es curioso que a la pregunta de qué están haciendo para diferenciar los días de “alta” de los días de “baja-bajísima”, la respuesta en la mayoría de los casos sea “nada”.

Debemos reconocer que no pocos están como descorazonados. Hartos. Hastiados. Hasta culpan al gobierno por las consecuencias nefastas de la pandemia en sus negocios. Ciertamente que la pandemia golpeó de manera diferente a los distintos países. En el caso de la Argentina, las pymes gastronómicas, en su mayoría, vienen chapaleando la adversidad desde hace muchos años. Como casi todas las pymes, sienten que están en las bocas de muchos, pero en las manos de nadie o casi nadie.

Aún con el ánimo justificadamente decaído, los adultos mayores que manejamos empresas entre los años ’80 y avanzado el 2000, sabemos que no queda otra que sacudirse el polvo y seguir caminando. Las heridas se lamen mientras se trabaja, se crea, se imaginan nuevas formas, nuevos servicios, buscando más y más eficiencia. Muchos de los que intentaron buscar la salida en Ezeiza o en la terminal de Buquebús, descubrieron que las cosas no están mejor en los lugares de sus sueños. Peor aún, si lo que buscaron fue trabajo, se encontraron con que claramente no eran, ni son, ni serán bienvenidos.

¿Qué esperan para armar menús de días de baja asistencia? ¿Qué esperan para bajar el precio de sus platos? ¿Acaso no pueden ofrecer una botella de vino de regalo en determinados días y horarios, dependiendo del número de comensales? ¿El viejo principio de que el mayor costo lo genera la “silla vacía” no lo entendieron? ¿Cuándo estudiaron matemáticas en la escuela no les enseñaron ese sabio principio de que “el 100% de nada es igual a NADA”?

Sepan que entendemos y compartimos su desánimo; las ganas de bajar la persiana e irse sin saber adónde, con altas probabilidades de estar peor y no mejor. Pero hay personal que depende de ustedes. Hay proveedores que dependen de ustedes. Hay clientes que dependen de ustedes. No se den por vencidos ni aún vencidos, como dice Almafuerte en uno de sus Sonetos Medicinales. (En otro verso dice: “Trémulo de pavor, piénsate bravo…”).

Díganle a los clientes con propuestas concretas que los están esperando. No basta pararse en la puerta esperando que entren. Llámenlos. Contáctenlos. Den a conocer los mimos que les tienen preparados. Recuérdenles que los necesitan como nunca antes. Seguramente se sorprenderán con el resultado que obtendrán. Si de algo sirvió esta maldita pandemia, fue demostrar una vez más que los argentinos somos solidarios ¡y que nos encanta salir a tomar algo o comer fuera de nuestras casas! Solo falta un empujoncito…

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