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La culpa no la tienen los clientes, atención bares y restaurantes

Por Alejandro Maglione

Una viejísima canción que cantaba un señor que respondía al apelativo de Trini López,  se llamaba “Pancho López” y contaba la historia de un niño que vivía la vida vertiginosamente, al punto que una estrofa decía “lo que tenía que pasar, pasó, a los 8 años…papá resultó…”.

Deseo aplicarlo a lo que está pasando en algunos lugares del mundo y de la Argentina con la reapertura de bares y restaurantes: lo que tenía que pasar, pasó, los dueños de estos lugares pensaron que la rápida recuperación de las pérdidas generadas por la insoportablemente larga cuarentena, debía venir por el fácil recurso de aumentar los precios.

Pasó desde Barcelona, en España, hasta en Rosario en nuestro país. Abrieron los lugares, con todas las medidas de seguridad y hubo un comportamiento de los clientes que tuvo 2 tiempos. En el primero, la gente acudió a sus habituales lugares para tomar un café, una copa, almorzar y cenar, cumpliendo con todos los recaudos que ordena la era pre-vacuna antiviral.

Hubo escenas de alegría. De reencuentro con los dueños y los mozos que los atendían siempre. Las mesas de amigos y familia con el número de comensales cuidadosamente controlado. Fue todo casi impecable.

Pero vino un segundo tiempo, a veces a la semana siguiente, que la concurrencia bajó dramáticamente. ¿Qué pasó? Se preguntaron muchos. Los precios de un café o una comida habitual habían subido absurdamente.

En el caso español, un amigo argentino que reside allá, dio un ejemplo contundente: en algunos lugares el café pasó de 1 euro a 3. Y estamos hablando de un país donde la inflación no sueña ser del 200%.

En el caso de Rosario, algunos se tentaron igual por hacer caja rápido. La segunda semana de la apertura tuvo un bajón tremendo. Y por lo que se habla, la culpa no la tuvo el supuesto temor de los clientes, sino los precios con que se encontraron, que los asustaron más que el virus.

Todo el mundo entiende que 4 meses o más sin facturar y sosteniendo de la forma que se pudo la nómina de personal, hacen estragos. Se sobrevivió sin pagar los servicios, en algunos casos los alquileres, los impuestos, etc. Pero, llegada la apertura, aparecen los acreedores en las puertas de los locales con sus facturas pendientes en la mano.

Los bares y restaurantes deben descontar que sus clientes habituales saben de esto. A la inversa, lo que algunos comerciantes no advirtieron es que los clientes también estuvieron en cuarentena. Tiempo durante el cual, los que no son empleados públicos o trabajan en grandes empresas, no tuvieron ingresos –me refiero a los monotributistas y cuenta propistas, que son por lo menos un número igual al anterior- y sí tuvieron los gastos de alimentar a sus familias, comprar medicinas, pagar sus expensas.

Por eso, alejarse del fantasma de la quiebra no es cobrarles a los clientes con márgenes absurdos e injustificados.

La salida sale de repartir los platos rotos entre varios de los protagonistas de la hospitalidad. Los propietarios de los locales, que en algunos casos pensaron que a ellos no les debía afectar el que sus inquilinos no tuvieran ingresos. Primera explicación de porqué Buenos Aires se ha llenado de carteles ofreciendo en alquiler locales donde antes hubo bares o restaurantes. ¿Cómo pudo ser que no entendieran que, en general, no les pagaban porque no podían y no porque no querían?

Se sale hablando con los proveedores y compartir el esfuerzo de mantener los precios de marzo, para poder atraer nuevamente a los parroquianos a que se sienten en sus mesas.

Se sale haciendo menús que ajusten costos al máximo hasta que vuelva la rutina de ver las mesas llenas.

Se sale hablando con el fisco en todos sus estamentos: municipal, provincial y nacional, que deberán comprender que el cinturón se deberá ajustar para ese sector también. No hay forma de que un establecimiento salga hacia adelante nuevamente, si están vigentes a pleno los impuestos, tasas y gabelas de todo tipo que asfixian la actividad comercial.

Se sale hablando con los sindicatos que correspondan para hacerles entender que los números de afiliados seguirán cayendo dramáticamente si no se rediseñan las leyes laborales vigentes, pensadas para los años ’50 del siglo pasado. Suena inexplicablemente estúpido asegurar los derechos de trabajadores al extremo de haber generado una industria de la litigiosidad, cuando lo que precisa la ciudad y el país es la generación con rapidez fulminante de nuevos empleos.

Y es en la hospitalidad, la restauración, donde los empleos se generarán velozmente si se corrigen rémoras que fueron necesarias en el pasado, pero hoy es como tener un coche de carrera que sale a la pista con el freno de mano puesto.

Todos los actores tienen que entender una vez más que a la vaca muerta no se la puede ordeñar, y a la vaca que sufrió una enfermedad gravísima, hay que primero ayudarla a que se recupere.

Un buen ejemplo lo está dando San Martín de los Andes. Abrieron bares y restaurantes, atentos a que este año el turismo demorará en llegar. Se pusieron de acuerdo bares, pizzerías y restaurantes y ofrecen en días alternativos platos a precio de promoción, y le dijeron a los vecinos: “vengan a comer que nosotros los cuidamos”. Genial. Algunos señalan a Nicolás Urquiza del restaurante Torino detrás de esta convocatoria.

Que no haya ofendidos exclamando “yo no fui”, al que le quepa el sayo que se lo ponga y a ver si de esta aprendemos de una vez. SIEMPRE QUE LLOVIÓ, PARÓ.

Guía Oleo

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