Por Alejandro Maglione

 

A veces suele venir a cuento cuando escriben opinólogos de nuestra actualidad política, económica o social, usar como una suerte de muletilla el remarcar que los años pasan y en nuestro país se tratan exactamente los mismos temas; se desnudan los mismos problemas; y se demoran una y otra vez las soluciones o caminos de salida de las crisis.

Este tema de la alimentación en las escuelas y colegios privados es un tema que he tratado en otras oportunidades. Desde siempre observé un inexplicable desinterés por parte de la mayoría de los padres por este asunto. Como si la mala alimentación de sus hijos fuera problema de otro.

El desinterés no reconoce demasiada diferencia entre educación pública o privada. Hago la salvedad de que las escuelas públicas de la CABA tienen en general un buen nivel de calidad de alimentación para los niños. Me consta que existe la preocupación, por ejemplo, de aumentar los vegetales y las frutas en las dietas de niños.

Pero resulta que se choca con el problema, en ambos casos, que de la casa llegan con una educación alimentaria más bien pobre. Encuestados los chicos suelen responder que el consumo de frutas y verduras suele ser ocasional. Si se les pregunta qué tipo de bebida consumen, responden “jugo”, que traducido significa que se beben agua con el agregado de algún polvo de contenido, generalmente, poco recomendable. Sabemos que si se les pregunta de dónde viene la leche, contestan con seguridad: “del sachet”.

Estuve observando los menús de algunos colegios privados. Me asombré que figuraran platos como “cono de papas fritas” y de postre “bocha de helado”. En los mismos lugares que tienen comedores con tan “apetecibles” menús, suele haber un bar como alternativa, donde los educandos tienen acceso a comer un pancho con una gaseosa, o tienen a su alcance propuestas todavía menos recomendables…

En esos mismos establecimientos privados, algunos padres recurren a enviar a sus niños con lanchoneras desde la casa. Uno imaginaría que es para asegurarles una alimentación más cuidada. Error, los niños bajan de automóviles último modelo, con una lanchonera en sus manos que contiene salchichas frías o bien esos “deliciosos” productos que dicen ser elaborados a base de maíz y que por contener algún ingrediente originado en el petróleo (sic) suelen encender al instante tan pronto se les aproxima un fósforo.

Los pocos niños a los que sus padres les pusieron unos fideos salteados con brócolis, suelen recibir de sus compañeritos comentarios como estos: “¿qué es eso verde? ¡qué asco!”. Un padre cuidadoso le preparó a la hija un humus impecable, con aceite de oliva y todo, y sus compañeritas le preguntaban si “caca”. Créase o no.

Es decir, lo “verde” produce cierto rechazo inicial, lo que lleva a pensar que en sus casas ni siquiera los familiarizan con una ensalada de lechuga. ¿Pescado? Ni hablar. ¿Cortarle una fruta para que la coma con sus cubiertos de plástico? Seria para algunos padres sentirse confundidos con personal de servicio, aunque los servidos sean sus hijos.

¿Qué se puede hacer? No hay otra: educar a los padres y a los hijos menores. Cuando han llegado a la edad de la adolescencia modificar un hábito alimentario es una causa perdida. Muchas veces los padres se recuestan en la comodidad, pero otras se aprecia mucha ignorancia. Y allí viene la responsabilidad de quienes deben comunicar que lo saludable no necesariamente es poco apetecible. Se puede comer rico y sano sin ningún problema.

Eludir gaseosas azucaradas debe ser una de las primeras manifestaciones del cambio. Nuestro país crece en la cantidad de enfermos de diabetes. Lo malo es que esta silenciosa dolencia ha comenzado a aparecer en jóvenes cada vez más jóvenes.

Una maestra de escuela pública me dijo alguna vez que libraba una batalla contra la ingesta de dulces, caramelos, chupetines por parte de sus alumnos. ¿Dónde consiguen estos productos? Le pregunté. “En el quiosco que está en el patio”. Caramba: “¿por qué no le condicionan los productos que puede vender esa concesión?”. “Hable con la directora”, me dijo…

Pero está la otra de arena, después de éstas de cal: en alguna escuela pública encontré una cooperadora de padres que se ocupan ellos del comedor de la escuela. Compran las provisiones para cada semana. Ellos mismos han contratado al personal que cocina. Y en las reuniones de cooperadora se discuten los menús mensuales. No todo está perdido, claramente. Lo que no es claro es el porqué de que el ejemplo no cunda.

A ver si esta piedrita en el agua se expande hasta llegar a los corazones de muchos padres… ¡Buen provecho!

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