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Gastronomía porteña, que cada cual atienda su juego

Por Alejandro Maglione

La apertura de la gastronomía porteña está sufriendo, increíblemente, resistencias que vienen del sector menos esperado: del propio periodismo gastronómico que se nutre de ella.

Un grupo de periodistas gastronómicos, se ha sentido convocado a acotar de la forma que sea la apertura incipiente de los bares, cafés y restaurantes que se propone llevar a cabo el gobierno de la CABA. Acotan de tal manera que luce como que desearan que en el fondo no abran hasta que pueda hacerlo la gastronomía bonaerense, interpretan algunos dueños de reconocidos locales.

Conociendo a casi todos ellos, cuesta creer que sea así. Incluso, alguien muy apreciado y respetado, que argumentaba en dirección a excluir del derecho a tomar un café en una vereda, a los mayores de 65 años, tuvo la amabilidad de explicar que en realidad se trataba de una suerte de advertencia para que los adultos mayores se cuiden especialmente.

La respuesta a esa iniciativa puntual fue sencilla porque abunda la información al respecto: los viejos que se contagiaron y, en muchos casos murieron, tanto en Europa como en nuestra ciudad, lo hicieron encerrados en malos geriátricos, no sentados tomando un café con amigos en una vereda al aire libre. Se habla de más del 90%. Los otros casos sucedieron estando “protegidos” en sus casas, donde los visitaron parientes que le acercaron el virus para realizar el contagio. El caso del “travieso” que vino del Brasil, se fue a una fiesta, contagió a más de 100 personas en la localidad de Moreno, provincia de Bs.Aires, e incluso contagió mortalmente a su propio abuelo, es un claro ejemplo del otro 10%. En ningún caso, se reportó a una vereda como la responsable de esas muertes.

Además, ¿qué tipo de información se les va a dar estos adultos mayores que no hayan escuchado por todos lados en estos interminables 160 días? Quizás, deberían saber que los 70 años de hoy no son los de hace 50 años atrás. Mal que les pese, hoy se llega a viejo en bastante mejor estado físico y mental que en el pasado. Es decir: entienden mucho mejor que en el pasado y se familiarizan con la tecnología a la velocidad de muchos pre ancianos de 50 años. Lo que no aprenden es porque no les interesa o no lo necesitan. Lo que claramente no son, es ser tontos.

Entonces, a la hora de jugar a esta suerte de Don Pirulero, en el que cada cual atenderá su juego, cabe un llamado a los responsables de locales gastronómicos de todo tipo, a que exhorten enérgicamente a sus clientes a que guarden, en las veredas donde se encuentren instaladas sus mesas, los recaudos necesarios para que la zona se vea lejos de ser un lugar de muy improbable desparramo de virus y contagios.

Los encargados pueden exigir el uso del barbijo fuera de los momentos específicos de comer o beber. Dejar a la mano el imprescindible alcohol en gel.  Desubicados va a haber siempre y es bueno que los responsables de los lugares se tomen la molestia de ubicarlos. Sea adulto, joven o viejo, hasta que llegue la era de la vacuna, para la que no falta tanto, recordaremos estos momentos como los de una lejana pesadilla. Piensen en cómo se comportan ante un cliente que ha bebido de más y está molestando a los otros clientes. No lo dudan, el mozo, el dueño, quien sea, sabe bien cómo explicarles que dejaron de ser bienvenidos.

Por fin, algunos de estos periodistas que están a favor de la extensión de las restricciones para un sector de la economía que está literalmente destrozado y que en la CABA es el mayor consumidor de mano de obra, detrás del empleo público que generan el estado nacional y municipal, se quejan y con razón, que han sido insultados por dueños de restaurantes por su postura a favor de mantener el cierre o relativizarlo al máximo posible. Ciertamente no es ese el camino de expresar su disenso. Ellos tienen derecho a pensar y decir lo que quieran, aunque a veces hasta parezca que se pegan tiros en los pies, y los dueños de bares, cafés y restaurantes tienen el suyo de manifestarles el descontento con su monserga, lo que no caben son los insultos para intentar acallarlos. Para nada.

Confiemos en la responsabilidad que tiene cada uno de cuidarse a sí mismo, como asimismo exijamos que los que no lo hagan, cuiden a los demás. De eso se trata, de convivir como ciudadanos y no como enemigos.

Los porteños debemos volver a sentir como propia la letra de Enrique Santos Discépolo que en su “Cafetín de Buenos Aires” reza: “Si sos lo único en la vida que se parece a mi vieja”. El cafetín de entonces era un lugar donde se aprendían las cosas de la vida en un ambiente de protección y seguridad. De nosotros depende que lo siga siendo.

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