Por Alejandro Maglione

Confieso tener cierto preconcepto en torno a las afirmaciones categóricas que escuché acerca del vino desde mi infancia, sostenidas con  el correr de los años y que, finalmente, el tiempo obstinado se ocupó de desmentir.

Una de las leyendas que escuchaba en mi familia champañera era que el champagne se debía beber dentro del año de elaborado o todo estaba perdido. Poco a poco me fui atreviendo probar champagnes como el Duc de Saint Remy, después de uno, dos o más años (llamo así al vino espumoso, porque en aquellos lejanos años no había problemas con las DOC), los resultados fueron y siguen siendo sumamente agradables al paladar. A los espumosos de calidad una leve oxidación no los afecta en nada y hasta los mejora.

Otra leyenda, a veces fundada en algunas carencias a la hora de vinificar, era que los vinos tintos argentinos no soportaban en ningún caso una guarda superior a 5 años. Y se repetía, y repetía, con “expertos” que ponían cara de saber y afirmaban una y otra vez que la cosa era así y no había vuelta a atrás.

Hace algunos años serví en una comida de un club de gordos un vino San Telmo Cabernet, hecho en los años de Sigifredo Alonso, que tenía 22 años de cuidadosa guarda. Estaba perfecto. Impecable. No apenas digno o tomable, no, impecable, entregando los secretos de una correcta vinificación. Recuerdo la admiración y sorpresa del bodeguero Federico Benegas Lynch.

Hace poco viví una experiencia semejante: abordé una botella Magnum de “Casona López” Malbec del ’94, es decir, con 25 años recién cumplidos. Eran los vinos que por aquellos años distribuíamos a través del Reducto del Connaisseur a los suscriptores de la revista Cuisine & Vins que lo solicitaran (¡qué tiempos aquellos!).

Había tenido la precaución de tener a mano un sacacorchos de lengüetas, esos que hacen entrar dos lengüetas a los costados de un corcho presumiblemente en estado complicado. La cápsula parecía de acero. Me dio trabajo quitarla y los aparatitos cancheros que uso habitualmente no le hacían mella. Cuando veo el corcho todavía en la botella, sospeché que su estado estaría impecable, así que tomé el sacacorchos común y lo saqué sin problemas: ¡perfecto! Estaba intacto, mostrando que había cumplido su tarea perfectamente con el correr de los años. Al pasar: otra leyenda suele decir que los vinos argentinos ’80 o ’90 no tenían buenos corchos.

Tomé un decanter de los grandes para pasar el vino de la Magnum a este recipiente y darle una oportunidad de estar aireándose por lo menos dos horas. Los amigos presentes, miraban el líquido con inocultable impaciencia. Paladares negros del vino. Figuritas difíciles si las hay.

Por fin, serví el risotto que había preparado y pasamos al vino. INOLVIDABLE. El vino estaba delicioso. Una obra de arte de la familia López.

De los López, otra leyenda maliciosa, suelen decir que hacen “vinos antiguos”. Claro que nadie ha sabido definirme que son los vinos “modernos”. Porque, vamos a ser sinceros: cuando todos fueron en dirección a los vinos que agradaban al señor Parker y algún discutible representante que viajaba a nuestro país, fueron lentamente pasando a vinos menos ácidos. Tampoco se consideró al alto tenor alcohólico una virtud a destacar. Las afamadas pequeñas barricas de primer uso de 225 litros, cedieron paso a las “maderas grandes”. Los vinos varietales hechos con una sola cepa, pasaron a ser elaborados con la difícil técnica de los vinos de corte –por favor no usa el término “blend” que se ajusta más a los whiskies que a los vinos- que requieren de enólogos muy preparados capaces de calcular y ejecutar vinos donde la correcta proporción entre los mostos elaborados con tal o cual cepa serán la compañía perfecta con aquellos que provienen de cepas distintas que se complementan mejorando ostensiblemente el resultado final.

Bien: hubo una bodega, la de la familia López, entre otras, que se mantuvo en sus trece y siguió la “antigua” ruta, que finalmente van tomando muchos en piadoso silencio. Por eso, la denominación de vinos “antiguos” deberían mutarla por la de los vinos “clásicos”, que son aquellos que para los tomadores viejos terminan revelándose como los “grandes vinos de siempre”. Allí hay una lista para poner, que comienza con toda la línea de Monchenot (que en algún momento perdió su “Château” en el camino); el Perdriel de Norton que viene de los años de la familia Santos: el Merlot de Weinert que imaginara don Raúl de la Mota y la lista sigue.

Me pregunto si alguno de estos expertos reversibles se atrevería a llamar vino “antiguo” a un Petrus venido del Pomerol francés. ¿Alguien llamaría despectivamente “antiguo” a un vino de la Romanée-Conti, de cuyos viñedos se dice que comenzaron a producir en el año 1232 y su marca es mencionada desde 1651? (Pare ahí un momento: no estoy diciendo que nuestros vinos clásicos sean necesariamente comparables en calidad con estas maravillas). Claro que no está mal ser reversible siempre y cuando uno expresamente anuncie que ya no más vinos que arañan el paladar con su acidez excesiva y unos taninos desbocados.

No está mal que evolucione el vino en alguna dirección que deseen sus elaboradores, lo que no está bien es hacer comentarios derogatorios sobre los vinos clásicos y difundir leyendas que el mero transcurso del tiempo prueba ser falsas. Como decía el prócer Uruguayo José Gervasio de Artigas: “Con la verdad no ofendo ni temo”…

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