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El veganismo no es moda, es tendencia

Por Alejandro Maglione

Para comenzar, tomemos la definición que da la Vegan Society de Inglaterra, país donde naciera este movimiento en 1944, tal como lo conocemos: “Es una filosofía y una forma de vida que tiene por objeto excluir –tan lejos como esto sea posible y práctico- todas las formas de explotación y crueldad hacia los animales usados para alimentos, ropa o para cualquier otro fin; y por extensión, promueve el desarrollo y la utilización de alternativas que estén libres del uso de animales en beneficio de los seres humanos, de los animales y del medio ambiente”.

Frecuentemente se confunde a los vegetarianos con los veganos, cuando estos últimos se consideran a sí mismos como superadores del vegetarianismo. Como vemos, la definición anterior data de 1944, lo que permite preveer que los conceptos estuvieron algo confundidos hasta entonces. De hecho, siempre se aceptó como vegetarianos confesos a personajes como Leonardo da Vinci o Adolf Hitler, es decir que el no consumo de carne no ha necesariamente redundado en mejores o peores virtudes para los humanos.

El problema con el veganismo es que a la abstinencia del consumo de carne y sus derivados, le suma el de la abstinencia a todo consumo relacionado con los animales, de donde los huevos, los quesos, la miel, entre otros productos, están terminantemente prohibidos. No se puede usar lana para la confección de abrigos y un largo etcétera.

Sí sabemos que los homínidos hace dos millones de años eran vegetarianos, lo cual les generaba el trabajo de tener que masticar durante 11 horas al día para poder mantener su cuerpo alimentado. Las dentaduras privadas de caninos y sus molares redondeados así parecen demostrarlo.

Descubrió la carne y comenzó a consumirla con gran dificultad. Comenzó a usar instrumentos como el mortero o el cuchillo de silex y logró obtener porciones más masticables. Hasta que se transformó en el primer y único animal en modificar la textura de los alimentos gracias al calor: descubrió el fuego y cocinó su carne para comerla ignorando todavía que estaba siendo pionero con la denominada “reacción de Maillard”.

Y esta inundación de proteínas en el organismo tuvo como consecuencia que hoy nuestro cerebro tenga un peso y un volumen que es tres veces superior al de los chimpancés, esos primates que no hace mucho tiempo nos enteramos que tienen un parentesco con el hombre que se acerca al 99% de nuestro mapa genético.

La prédica sobre las dificultades que entraña el consumo de carne sobre todo porque la crianza, principalmente de bovinos, ya sabemos que afecta de variadas formas nuestra atmosfera. Sabemos, también,  que nos hace conocer enfermedades como la gota, que se creía solo afectaba a los reyes del Renacimiento. Hemos tenido que prestar atención a nuestro colesterol. Y una suma de factores que impactan nuestro organismo y el medio ambiente ha llevado que en Occidente el 70 por ciento de consumidores de carne encuestados declaren que verían con simpatía poder reemplazar las proteínas animales por vegetales.

Lo que no responden los fundamentalistas veganos es cómo sigue la historia de nuestras vacas, ovejas, cerdos, pollos, etcétera. Porque si el hombre muta al consumo de vegetales, habrá que dedicar el 100% de la producción de éstos para el consumo humano. Nadie ha hecho una propuesta ingeniosa para esta consecuencia. Nadie arriesga una idea para “el día después”.

Goethe cuando regresaba de su paseo por el bosque cercano a su casa, solía responderle a su ama de llaves cuando le preguntaba acerca de cómo había resultado el periplo: “Oh, he visto gran cantidad de aves crudas saltando de una rama a la otra de los árboles…”.

Nadie duda que todo lo relacionado con el consumo animal habrá que volverlo menos cruento. La crianza menos “deshumanizada”. Se siguen sumando países que regulan una crianza y sacrificio de animales que tenga en cuenta el sufrimiento que se puede evitar.

Un gran experto en el tema es el cocinero Claudio Dituri, hombre que conoce el tema a la perfección, pero su pasión por momentos raya en el fanatismo. A veces, al entrevistarlo con otro cocinero, no ha podido evitar tildar al colega de “asesino” cuando éste ha exaltado las virtudes de una pechuga de pollo bien preparada. A él lo suelen interpelar con algún descubrimiento “científico” que habla del sentimiento que experimentan las plantas. Y responde: “la función de los vegetales es alimentar a otros, porque se alimentan a sí mismos. En definitiva, todas las proteínas siempre tienen un origen vegetal”.

Ciertamente la forma de alimentarnos no para de cambiar y por lo general para bien, pero hay que reconocer que el futuro tiene un final abierto. ¿Qué sucederá cuando la carne artificial tenga un costo razonable? ¿Tomaremos las proteínas necesarias en píldoras que suplementen nuestra alimentación? (Los veganos ya lo hacen con la vitamina B12, que no se presenta en cantidad necesaria en los vegetales). Hay quien piensa que las ideas no las pensamos, sino que simplemente nos visitan. Ojalá que las que sirvan para este asunto nos visiten pronto.

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