Por Alejandro Maglione

Hay artefactos o utensilios que forman parte de nuestra vida hogareña y podemos llegar a pensar que están con el hombre desde siempre.

Deseo comenzar por una reflexión en torno a las ollas y cacerolas. Es interesante que se ha constatado en estudios arqueológicos que no aparecieron esqueletos adultos de seres humanos sin dientes hasta hace unos 10.000  años, en razón de que se piensa que fue el momento en que el hombre comenzó a usar ollas para cocinar sus alimentos. Esos primeros guisos permitieron alimentar adecuadamente a aquellos que habían perdido la capacidad de masticar.

Ollas que en muchos casos se parecen a las que hoy encontramos por toda la América precolombina, en algún caso, incluso las sorprendentes realizadas en cuero. ¿Cuero? El sentido común nos indica que el cuero y el fuego no se llevan bien. Lo que pasa es que nuestros hábiles ancestros usaban recipientes de cuero –a veces eran estómagos de grandes animales- que solían llenarlos de agua, para luego calentarla a punto de hervor con piedras candentes que iban poniendo en su interior. Allí los alimentos, ya fueran carne o vegetales, terminaban cocinándose, adoptando una textura que los volvía fáciles de masticar.

La olla evolucionó de mil maneras. Hierro fundido, que no es otra cosa que la “morocha” que se sigue utilizando en nuestras cocinas campesinas. Aluminio. Acero inoxidable. De barro cocido. Marmitas que se podían usar hasta en los hornos cuando esto irrumpieron. Con manija para colgarla y después manejarla al antojo del cocinero o cocinera. Con patas para ponerle fuego debajo. A presión. Lo que se le ocurra.

Las vemos todos los días, pero nunca se nos ocurrió darles el valor antropológico que tienen. Preparamos nuestros guisos. Colocamos a hervir nuestras pastas. Las verduras. El puchero. El dulce de leche casero. Las mermeladas.  Pero hace miles de años atrás extendió la vida útil del ser humano casi sin proponérselo.

Abrimos un cajón y encontramos un cuchillo. O varios. En realidad, sin son varios lo mejor es conseguir esos imanes que se aseguran a la pared y colocar allí nuestros elementos filosos. Por dos motivos: 1) no cortarnos al meter la mano en un cajón con descuido o apurados. 2) El contacto del filo de los cuchillos con otros objetos metálicos tiende a destruirlo.

El caso es que hay evidencias que en Etiopía se habrían encontrado instrumentos cortantes hace más de dos millones de años. Seguramente los primitivos eran de rocas durísimas, como la oxidiana, y es hasta posible que fueran primero armas que elementos de uso doméstico.

Pero el cuchillo cumplió y cumple funciones fundamentales. Luis XIV un día se hartó de que en los banquetes de la Corte, los mal llamados nobles –porque deberían ser medio groseros- solían quitarle la vida a algún vecino de manduque, a partir de un malentendido que subió de tono debido al  abuso en la ingesta de vino. Entonces dijo: “muchachos, nadie me entra más al comedor, portando una espada y menos una daga…”. Bien por don Luis…

Los nobles versallescos seguramente hicieron gesto de hombros para arriba tipo “me ne frega” y pasaron a usar los cuchillos que no hacía tanto tiempo se habían incorporado a la vajilla de los banquetes, que originalmente tenían una inquietante punta, como los que usamos en las parrillas actualmente.

Luis XIV al final se calentó de que cada comida terminara con la retirada de cuerpos de borrachos apuñalados y dijo: “¡Basta! Redondeen todas las puntas de los cuchillos…”. En aquellos años había muchos copiones en las cortes colegas de toda Europa y corrió como pólvora el dato de las puntas romas de los cuchillos reales franceses y así llegamos al día de hoy, que salvo los atroces cuchillos de serruchito brasileños, lo normal es encontrar que los cuchillos para usar en la mesa tengan su punta prolijamente redondeada.

Pero los cuchillos de cocina pasaron a tener variantes de todo tipo. Los hay para trinchar. Los hay para filetear. Los hay para cortar verduras. Para abrir ostras (a qué gourmet se le ocurriría no tener un cuchillo como éste). Si va a cortar en Juliana una verdura, ahí encontrará un cuchillo apropiado. Si va a deshuesar un pollo no dude en usar ese que le dijeron que era el indicado para ese menester.

Un cocinero sin cuchillo, dijo alguien, es como un peluquero sin tijeras. Por eso los ve aparecer a cocinar en una cocina que no es la suya, y lo primero que muestran son SUS cuchillos, porque le sería difícil valerse de los que suele haber en la casa. Una vez cometí el error de no llevar mis cuchillos a casa de amigos –que los tengo a pesar de que soy cocinero amateur- y a la hora de picar algo, la dueña de casa me extendió el de serruchito brasileño con manguito de plástico y me dijo: “¿este te sirve?”, apoyando la pregunta en una mirada soñadora que me hizo responder de la manera más estúpida: “sí, querida, con ese…me arreglo…”. Me pasé dos horas picando ajos y perejil…

Los vemos todos los días. Están allí esperando dóciles que los usemos cuando los precisamos. Y sin embargo es posible que nunca hayamos reflexionado sobre la forma en que en su hora cambiaron el mundo de la alimentación. Fíjese lo que dijo Guy de Maupassant respecto de la torre Eiffel: “voy a comer todos los días en su restaurante así no la veo”.

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1 Comentario

  • Viviana Graciela Burattini

    Muy interesante la información tanto de las ollas como la de los cuchillos

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