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Comer en La Feliz

Comer en La Feliz

Una vuelta gastronómica por la ciudad feliz. Entre las olas, el viento y el frío del mar, la usuaria con más comentarios en Guía Oleo nos lleva de paseo culinario por Mar del Plata. Anotá y sumá tus preferidos cerca del mar.

17 de febrero de 2014

 

 

COMBO 1: PLAYA Y BOSQUE


Después de mucho tiempo volví a pasar unos días de veraneo en Mardel. Mi visita tuvo dos partes: unos días en casa de una amiga en Rumencó, un barrio precioso cerca de las playas del sur del Faro, donde disfruté de pileta y asado con amigos, mejor imposible. Cuando el sol también salió a darme la bienvenida, con mi amiga y su prole más amiguitas pasamos un par de días divinos de playa en el balneario Balcón del Sur. A mediodía para que no me achicharrara, agarramos el auto y fuimos a hacer un recreo de sombra a una especie de parador bonito en el medio del bosque Peralta Ramos. El almuerzo de hamburguesas caseras y milanesitas de pollo en El Roble estuvo bien pero la recomendación es a medias ya que nos tocó una moza simpática pero en extremo inexperta que se equivocó en los pedidos, no hizo ninguna sugerencia útil en cuanto al tamaño de las porciones (que eran para compartir, especialmente si vas con chicos) y tardó más de la cuenta (ah, hablando de cuenta, este es uno de varios lugares en Mar del Plata que no aceptan tarjetas de crédito, un detalle para prestar atención). Después levantamos la puntería yendo a tomar un helado a Alpina Helados, un vergel, también en el medio del bosque con juegos para chicos y mesitas salpicadas en el medio de las hortensias gigantes y enormes árboles que nos regalaron otro rato de descanso hasta una hora prudencial para volver al sol divino de la tardecita en la playa.

 

 

COMBO 2: TEATRO Y CENA


Ya mudada al centro me di el gusto de hacer doblete de tablas y tables. Primero fui por la zona de Güemes a ver Divain, el music hall de Aníbal Pachano y completé el combo con cena en Tisiano, que parece que es uno de los lugares de moda del momento (por lo que es imprescindible reservar, cosa que hicimos antes de ir al teatro). El hecho de que se haya vuelto un “restó farandulero” me hacía desconfiar un poco pero realmente comí muy bien. Arrancamos con una bruschetta de cortesía con tomate fresco y oliva, para seguir con los fettucini alla cipolla, sarteneados con cebolla, champiñones y ají, más queso rallado y un chorro de oliva fresco en la mesa (ese toque corre por mi cuenta), que eran un manjar; la media porción que viene en una cazuela de cerámica es súper generosa. Y ni hablar del postre: una lujuria de brownie con dulce de leche, salsa de chocolate blanco y helado, para el que te recomiendo que te guardes un lugarcito (también la media porción era para compartir como nos advirtió acertadamente Juan, nuestro mozo, que dicho sea de paso era un bombón).

 

El viernes repetí plan y esta vez fui a ver El Placard en el teatro Roxy, a la vuelta de la Catedral y a metros de la peatonal San Martín. Para la cena elegí un restó de autor a unas cuadras de allí, siguiendo por San Martín cuando deja de ser peatonal y me encontré con una gratísima sorpresa gourmet en Sarasanegro. Los creadores de este emprendimiento que lleva 10 años en Mar del Plata y está abierto todo el año son Fernanda y Patricio, un matrimonio en el que se dividen las tareas: ella está a cargo de ambientación y servicio, y él lleva la batuta en la cocina. La verdad es que en el resultado se nota la mano de los dos, que se destacan por igual. El ambiente es hermoso, cálido, iluminado con unas lámparas preciosas que dan la luz tenue y crean un ambiente romántico. En el servicio se nota el cuidado, casi diría el mimo, de parte de todo el personal, un grupo de mozos y sommelier, bien entrenados y atentos al mínimo detalle, como por ejemplo ofrecerme los libros de Pietro Sorba mientras esperaba (ya que estaba sola). Como entrada a modo de cortesía ofrecen una porción (bastante generosa para ser solo un amuse bouche) de merluza en escabeche donde ya se empiezan a lucir las buenas artes del chef; luego vino un arroz cremoso con langostinos y zucchini, delicioso y nada tacaño en la porción de mariscos. Para terminar me dejé tentar por unas frutas al horno (ananá, pera, manzana) con helado de crema americana, el toque dulce justo para coronar una cena de primer nivel, que terminó con una visita a la cocina para saludar al chef. Otra opción excelente: menú de 5 pasos, con mesa de quesos y dulces por $200.

 

 

COMBO 3: TRADICIONES MARPLATENSES


En el centro me hospedé en un apart hotel justo enfrente de la Plaza Colón, así que durante el finde cambié la paz familiar de las playas del sur por el bullicio de La Bristol. Pasé, toallón en mano, a darles mis respetos a los lobos y la rambla, y no sin cierto esfuerzo, me las arreglé para encontrar mi metro cuadrado frente al mar. El murmullo del océano, uno de mis sonidos favoritos en el mundo, casi quedaba eclipsado por la estruendosa y colorida catarata humana sobre la arena mojada. Sucumbí a la tentación de la bijouterie en la primera oleada del tsunami de vendedores ambulantes, y le compré un anillito de recuerdo a un simpático buscavidas oriundo de Costa de Marfil. En la segunda tanda, ya más cerca del mediodía, se mezclaban los vendedores de sopa de letras, pareos, anteojos, con uno que ofrecía “sombrilla con wifi” y los vendedores de comida al grito de “al súper panchooo”, “al rrrico, rico, rico sánguche de milanesa”, “a los choclos calentitos con manteca”, cosa que me abrió el apetito. Para el almuerzo, elegí un clásico de Punta Piedras: la terraza/bar de El Torreón del Monje, bajo una de las sombrillas frente al mar, y almorcé una ensalada de atún, muy buena, fresca y abundante acompañada de un refrescante licuado de naranja y durazno, todo musicalizado al son de un ataque noventoso que incluyó desde Mystify de Inxs a Losing my religion de REM. Muy rico todo pero te tenés que acordar de llevar efectivo si no te querés quedar a lavar los platos. A la tarde se nubló y aproveché para hacer una larga caminata de safari fotográfico de regreso a mi hotel.

 

Otras opciones clásicas para completar mis recomendaciones a la hora de almorzar o tomar un cafecito con vista al mar en la zona de Cabo Corrientes son Tío Curzio (a la altura de Colón y Peralta Ramos), donde me refugié del viento y el cielo gris y comí unas rabas con tortilla de papas y cebolla que no pueden faltar, o la preciosa casa de piedra del Piazza Caffe (donde termina Alem en la costa) con su terraza de sombrillas que da a playa Varese, y por qué no, un chocolate con churros al atardecer en el Manolo’s de Playa Chica.

 

Siguiendo con la onda de los clásicos, el sábado cené en El Palacio del Bife, una institución de Mar del Plata que abrió sus puertas hace 60 años en el centro a metros de la esquina de Rivadavia y Córdoba.  El local es grande y estaba lleno (50 mesas y 12 mozos trabajando a pleno) pero por suerte a pesar de haber ido sin reserva me dieron una mesa enseguida. La carta es muy amplia pero dado que soy 100% carnívora y para hacerle honor al nombre del lugar me pedí medio bife de costilla que más bien parecía de mamut (por el tamaño) con una ensaladita mixta; el bife estaba muy sabroso, cocinado en su punto justo. Comí como una reina y decidí saltearme el postre para ir a tomar un heladito en Gianelli; después para terminar la noche como ya estoy un poco mayor para Sacoa, me jugué unos fichines en el casino.

 

Para el domingo me dejé dos imperdibles: primero, brunch en la Boston. Me instalé cómodamente en la histórica confitería que vende las mejores medialunas de la costa desde 1958, en el local sobre el Boulevard Marítimo a la altura de Playa Chica, frente a la tele, en una mañana nublada en la que se jugaba la Davis, a disfrutar de un delicioso desayuno americano que incluía huevos revueltos, jamón y queso, tostadas, ensalada de frutas, jugo exprimido de naranja, café con leche y la medialuna de manteca más rica que recuerde en los últimos tiempos. Después el cielo se despejó y pude despedirme del mar tomando un rato de sol en Playa Grande, cerca del hermoso parador Samsara.

 

El broche de oro fue la cena de despedida que merece párrafo aparte. Elegí un restaurante en la zona del puerto tras recomendaciones varias y una cuasi amenaza de un twittero amigo que me conminó: “no vuelvas de Mar del Pata si no vas a Viento en Popa”. Me advirtieron también que tuviera la precaución de hacer una reserva ya que está siempre lleno y efectivamente casi me quedo afuera porque cuando llamé esa misma tarde me informaron que efectivamente los 120 lugares de que disponen estaban reservados en los dos turnos. El muchacho me sugirió amablemente que como estaba sola pasara igual, después de las 23hs por si fallaba alguno, y afortunadamente tras una breve espera, Martín, el maître/ hombre orquesta atento a todo, me acomodó en una mesa. Viento en Popa de Walter Ñeco Cioffi desde hace 40 años ofrece, todo el año, los mejores platos de pescados y mariscos de Mardel, y después de mi visita puedo dar fe (ojo que no tienen tarjeta de crédito ni de débito). Primero llegó la panera con manteca y dos platitos de entremeses: boquerones + anchoas en aceite y un maravilloso escabeche de aros de calamar a la pimienta que preanunciaba la maravilla que se venía. Comí un mero con ajos dorados y alcaparras con colchón de rúcula que era un espectáculo, maridado a la perfección con un Finca La Linda Chardonnay en botellita de 375cc. No pude terminar, ya que la fuente hubiera estado muy bien para compartir y mientras saboreaba mi copita de vino, miré a mi alrededor y me vi rodeada de mesas llenas de gente feliz, disfrutando de una comida excelente y un clima de amistosa algarabía, como mis vecinos de la mesa de al lado, un grupo de 6 señores que estiraban la velada en una alegre sobremesa de trasnoche al amparo de una jarra de clericó. El mozo me despidió  con una copita de limoncello, y prometí regresar lo antes posible a probar los spaghetti con salsa de tomate y langostinos para revalidar el título (como me dijo una amiga que vio las fotos con mi sonrisa de oreja a oreja en Facebook) de “disfrutadora de la vida”.

 

Siempre hay una buena excusa para volver a Mar del Plata.

 

Ceci de Palermo

comentarios

  • faltan mejores lugares que los mencionados, por ej.ZOE en la zona de
    alem, casa vieja en la zona del puerto

    helados como il calabrese en la calle cordoba y saavedra y lucianos en la
    zona de alem y cafeteria como la
    fonte estimada ceci los lugares
    son infaltables

  • Sarasanegro es increible, MDP se merece un restorant asi y mucho más. Este año cerró Crizia Varese, cambó de nombre pero sigue siendo un lujo para comer de dia en la playa. Viento en Popa directamente emociona.

  • Gracias, Ceci! Me diste ganas de ir a Mardel ya!! Pero tendremos que esperar; no hay planes concretos por el momento. De todos modos, se me hizo agua la boca, y vuelvo a ingresar en esta terna cuando se concrete nuestro viaje a La Feliz donde, dicho sea de paso, mi marido vivió muchos años y dejó unos cuantos amigos.

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