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Ceci, de Palermo a Roma

Ceci, de Palermo a Roma

O cómo una argentina de paladar curioso logra disfrutar de una aventura gastronómica por las calles de la Ciudad Eterna por menos de 20 euros.

Llegué a la capital italiana y fue poner un pie en esta ciudad increíble para enamorarme a primera vista, no sólo de los señores romanos con su actitud arrogante y compradora, sino de las callecitas torcidas y enredadas, las incontables basílicas, iglesias y capillas, los imponentes monumentos y la historia que se huele en cada ristretto.
Ahora bien, la idea es que este ‘romance romano’ llegue a buen puerto para poder llevarme de recuerdo los sabores de la ciudad sin hacer estragos en el presupuesto viajero. Acá van algunos tips según mi experiencia personal para ir degustando lo mejor de cada rincón de Roma:

 

 

DÍA 1. VATICANO: LA PANCIA FELICE


Empecé por el principio y a la media hora de mi llegada ya estaba anotada en una visita guiada de los Museos Vaticanos y la Basílica de San Pedro (a dos cuadras de mi hotel), que culminó con la subida de los más de 300 escalones hasta el exterior de la cúpula con una vista que te saca el aliento más que el trayecto. Tipo 7 de la tarde hacía frío, ya era de noche y en mi entusiasmo ni me había acordado de almorzar, así que famélica y congelada, me dirigí a una trattoria ubicada en el barrio del Borgo, tras los muros, a mitad de camino entre la Basílica y el Castel Sant’Angelo.

 

El lugarcito de aspecto amigable donde ya había gente comiendo con cara de ‘qué rico’ lleva un nombre bastante auspicioso: La Pancia Felice. Ya sé que suena a cliché pero por ser mi primera cena pedí un plato de spaghetti con albóndigas y en ese ambiente cálido donde sólo faltaba el mantelito a cuadros me sentí casi en la escena de ‘La dama y el vagabundo’. Todo estaba riquísimo, especialmente el parmesano rallado que espolvoreé en abundancia y la copa de Chiantti de la casa. De postre, pan casero mojado en el resto de salsa de tomate con un chorrito de oliva extra virgen que hay en todas las mesas y que es para chuparse los dedos; ya sé que es un horror de protocolo pero como no era la mesa de Mirtha me lo permití, ¡mmm! = 16 euros.

 

 

DÍA 2. PIAZZA NAVONA: DELICIOSO CHOCOLATE CALIENTE

 

Si el alojamiento no incluye desayuno, como muchas veces es el caso, no vale la pena pagar 15 euros en el hotel por un desayuno buffet. La idea, como diría Vicentico es que ‘elijamos el lugar’ para saborear los maravillosos capuccinos que sirven por toda la ciudad. Uno de estos cafés famosos que compite por el premio al mejor capuccino de Roma es el histórico Caffe Sant’ Eustachio que abrió sus puertas en 1938 y tiene una receta secreta; por menos de 4 euros podés tomarte un exquisito capuccino con una factura (en mi caso, una especie de sacramento de hojaldre relleno de chocolate); eso sí, ese precio es en el mostrador, de parado dentro del diminuto local, si te sentás en una mesita en la calle es un poquito más caro.

 

Por la tarde me tocó lluvia y estuve perdida una hora dando vueltas por las intrincadas y húmedas callecitas empedradas de los alrededores de Piazza della Rotonda así que en un momento el frío me empujó a refugiarme en un ignoto localcito de dos por dos que me tentó con un cartel que rezaba ‘especialidad en chocolate caliente’. Por menos de 4 euros tomé, o más bien, comí a cucharadas, una taza de delicioso chocolate caliente coronado por un copete de crema (no apto para dietas y de una densidad tal que si te cae encima te tienen que desempetrolar como a un pingüino), con una medialuna. Cual si fuera Popeye, el brebaje me dio las calorías necesarias para seguir caminando toda la tarde.

 

Vaya también una pequeña advertencia: Roma, al decir de los locales y los italianos de otras regiones está bastante cara comparada con el resto de Italia y puede resultar una trampa para el bolsillo incauto, así que ojo con los lugares demasiado ‘para turistas’. El Café Nova, por ejemplo, en una ubicación estratégica entre la Basílica de San Pedro y el Castel Sant’Angello, es un local amplio y agradable tipo confitería, que también incluye recuerdería y santería, con mozos medio desganados donde un café con leche con un corneto (una cruza entre medialuna y vigilante grande) en una mesa me salió 8 euros.

 

Con gusto hubiera pagado el mismo precio en el bar de la galería/terraza del Castel Sant’Angello para sentarme a tomar un cafecito pero disfrutando de vistas increíbles del Vaticano y los puentes sobre el río. O sobre el Corso Vittorio Emanuele II, muy cerca del hermoso puente del mismo nombre y la parada del colectivo 64, que recorre todo el centro de la ciudad desde Piazza San Pietro hasta la estación de trenes, la encantadora y diminuta Caffeteria del Corso te ofrece un café con leche preparado con esmero y espolvoreado con chocolate, más una masa seca grande por menos de 3 euros, además de wi-fi gratis y un dueño servicial y afable.

 

 

DÍA 3. IL VITTORIANO: CAFÉ EN EL CIELO

 

Este monumento está en el centro de la ciudad, detrás de Piazza Venezia. Es una construcción imponente en honor de Vittorio Emanuelle II (de ahí el nombre) con una estatua ecuestre central y escalinatas; lo mejor de todo es que tiene un ascensor que te lleva ‘al cielo’, la terraza desde donde tenés las mejores vistas aéreas de la ciudad, incluido el Coliseo. El paseo no tiene desperdicio y como yapa, en la terraza hay un café todo vidriado llamado Caffeteria Italia donde podés pedir en la barra un café con algo dulce o un aperitivo y un tentempié para seguir el recorrido. En casi todas las mesas había copas color naranja de Spritz y unas bruschetas pero yo me incliné por un panino de jamón de Parma con muzzarella y una copa de rosado de la Toscana mientras me sentaba a disfrutar de un breve descanso y de la vista en una tarde de sol gloriosa. Un lujo impagable por sólo 9 euros.

 

 

DÍA 4. LARGO DI TORRE ARGENTINA: PIZZA NAPOLITANA

 

Cerca del Panteón se encuentran los restos de 4 templos de la república en un sitio bajo el nombre de Largo di Torre Argentina. A la noche, pasaba por ahí y me llamó la atención un grupo de gente comiendo cerca de una ventana de venta para llevar en un coqueto restaurante especializado en pizza napolitana llamado Rosso Pomodoro. Decidí dejarme tentar y tipo 8 el lugar se empezó a llenar de gente local, cosa que confirmó mi buen pálpito. La pizza es deliciosa, aunque no tiene mucho que ver con su homónima porteña: para empezar la masa es finita y no es crocante, más bien es como una tarta con bordes altos que contiene un maravilloso relleno. En mi caso fue de tomate, súper fresco, como si hubieran hecho el puré para mí, jamón cocido, muzzarella en trozos, champiñones y corazón de alcaucil. Ah, te traen una grande por persona, hasta para los niños que cenaban en la mesa de al lado, más una gaseosa, todo x 14 euros. Eso sí, no le den bolilla al cartel que promete ‘vista panorámica en el primer piso’ porque tienen unas ventanas comunes y corrientes desde las que no se ve nada.

 

 

DÍA 5. TRASTEVERE: SPAGHETTI ALLA CARBONARA

 

La visita al barrio bohemio de los artistas del otro lado del Tíber es una cita obligada, sobre todo si el día está hermoso y se presta a una caminata tranquila a la vera del río. Alrededor de la una, después de ver la bellísima iglesia de Santa Maria in Trastevere con su piazza y fontana, me pareció una buena idea hacer un alto y buscar un lugar para almorzar. A pesar de que no había nadie, me gustó La Osteria der Belli, un restaurante propiedad de cuatro hermanos de origen sardo. La moza me atendió muy amablemente y me recomendó spaghetti alla carbonara, una de las especialidades de la casa, con una copa de Canonao, un tinto riquísimo y bastante potente de Cerdeña, y un agua con gas (hay que preguntar porque muchas veces solo tienen botella de litro). Los platos no son demasiado abundantes porque los italianos acostumbran hacer la comida en varios pasos: antipasto, primo piatto (generalmente pasta) y secondo piatto (generalmente carne o pescado) pero para un almuerzo en el medio del tour a pie del día, un plato de pastas y un poco de pan con oliva (aquí no me cobraron la canasta de pan casero) es más que suficiente (17 euros).

 

 

DÍA 6. IGLESIAS: ALEGRE TRATTORIA GALLO MATTO

 

Hoy más que un recorrido de fe hice una especie de peregrinaje cultural en busca de los impresionantes tesoros artísticos y arquitectónicos, de genios como Miguel Ángel o Bernini, que guardan las iglesias de Roma. Ya había ido a San Pedro y el Panteón, los dos templos más importantes de la capital italiana y hoy visité Santa Maria dei Angeli, San Giovanni in Laterano (la segunda basílica de Roma, que sigue en tamaño a la de San Pedro en el Vaticano), Chiesa de Gesú, Santa Andrea della Valle, San Pietro in Vincoli, Santa Maria della Vittoria y Santa Maria Maggiori. Cerca de esta última, me metí en una alegre y colorida trattoria llamada Gallo Matto, una explosión de parafernalia italiana en un ambiente festivo de música ecléctica. Pedí un plato de polenta con ragú y mientras esperaba me trajeron pan casero y unos garbanzos en oliva y pimienta buenísimos a modo de abreboca de cortesía. Cuando llegó la comida que estaba muy sabrosa también vino un copón de tinto de la casa, un Castelli Romani Rosso (denominación de origen) de personalidad bastante recia (almuerzo x 17 euros). Quedé lista para enfrentar la tarde fresca y soleada e ir a dar mis respetos al señor Coliseo, a pocas cuadras de ahí.

 

 

DÍA 7. ROMA TERMINI: CAFÉ CON LECHE DE ESTACIÓN

 

Hoy me despido de Roma con un café con leche en la estación y sigo mi recorrido por el norte de Italia en tren, pero me llevo la valija llena de experiencias inolvidables, gastronómicas y de las otras. Como diría Pipo Pescador: ‘¡El viajar es un placer!’.
Ci vediamo, amici di Guia Oleo, Ceci de Palermo desde Italia.

 

Ceci de Palermo

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