Oleo Dixit

A los clientes nos toca cuidar a los mozos

Por Alejandro Maglione

Quien más, quien menos, todos estamos bastante al tanto de lo que dicen los protocolos para poder disfrutar de un café o una milanga en una de las veredas de Buenos Aires.

Los restaurantes internamente lo tienen bien claro y no se arriesgan a una clausura por escatimar en limpieza o poner alcohol en gel a disposición de los clientes.

En este ensayo que se está realizando de ocupar las veredas para atender a los clientes, son los clientes los que a veces parecen no darse cuenta que deben cuidar su comportamiento mientras son atendidos por los mozos.

Están los que se sientan en la mesa y se quitan los barbijos, olvidándose de usarlos cuando se aproxima el mozo para atenderlos. No se termina de entender que el barbijo es tanto para protegernos nosotros como para cuidar a los demás.

Llevamos 6 meses escuchando las mismas cantinelas de estos infectólogos asesores presidenciales –que por otra parte vienen acertando bastante poco con sus propuestas-. Lo que se debe hacer ya es más que conocido por toda la población.

Hay que hacer carne lo que casi todos sabemos: la gastronomía y la hospitalidad en general, a pesar de que en muchos momentos de la vida económica de nuestro país, han debido remontar las cataratas del Iguazú en un bote con un solo remo, nunca ha pasado una prueba como la que está soportando ahora.

Por lo que hay que cuidar al máximo la apertura de las veredas, patios y terrazas. La tentación de volver a encerrarnos a todos está latente. Es responsabilidad, ahora de los clientes, los comensales, honrar la idea de que las veredas sanan, no enferman. Sobre todo sanan nuestras mentes fatigadas por un encierro sobre el que cada día más tenemos la sospecha de que no produce los efectos beneficiosos buscados.

Cuidemos a los mozos. Ellos también la han pasado mal, pésimo, y precisan trabajar. Ninguna contribución del estado ha cubierto lo que ellos recibían de propinas. Han tenido comportamientos excelentes con los lugares donde trabajan desde hace años. Se presentaron espontáneamente a colaborar con los deliveries de sus restaurantes. Así como también lo hicieron los cocineros, otros héroes anónimos.

Ahora, al abrirse los espacios al aire libre, volvieron a decir ¡presente! Y allí los tenemos al pie de cañón. Es responsabilidad nuestra  cuidar a todos los ciudadanos usando barbijo y guardando distancia. Tenemos que acostumbrarnos, obviamente. Tampoco es fácil para nosotros los clientes habituarnos al ritual de poner y quitar el barbijo cuando el mozo se aproxime a atendernos.

Ya está la vacuna ensayándose en nuestro país. Todo esto, muy posiblemente, será cosa del pasado en algunos meses. Falta poco. Es un precio muy bajo tomar todos estos recaudos, a cambio de conservar la poca libertad recuperada.

Hace muchos años atrás, muchos, había una serie en la televisión blanco y negro, que duraba media hora cada capítulo, como se estilaba entonces, que se llamaba “La patrulla de caminos”, con un actor principal que era Broderick Crawford, que caminaba con la dificultad que le generaba su sobre peso y que desde su patrullero llamaba a la central diciendo siempre “20 50 llamando a Jefatura”. Siempre comenzaba con un locutor en off que decía “no es el auto el que mata, es su conductor”. Todo este prolegómeno es para afirmar: la vereda sana, no enferma. Lo que enferma son los estúpidos que no se cuidan ni cuidan a los demás.

Finale: ojo dueños de bares, cafés y restaurantes, el correcto comportamiento de los clientes sentados en sus mesas es responsabilidad de ustedes. Corresponde a ustedes cuidar la salud de su personal, como también la de sus clientes. No salgan con el comentario típico de “no me gusta hacer de policía”. Hagan de policías, porque en esto les va su supervivencia. Nada menos.

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