7 de octubre de 2013

 

Es un día de primavera bastante negro. Diluvia en Buenos Aires y estoy un poco golpeada; mi papá tuvo ayer una especie de infarto, y está bien, pero fue un flor de susto y no ando de ánimos. Un poco me alegro de que el clima me acompañe a no querer hacer nada, y justo en el momento en que estoy pensando en pasarme el sábado tirada en el sillón, envuelta en una manta, con una taza gigante de té y leyendo Puta Diabla, me llega un mensaje de P, un amigo/compañero de oficina con el que venimos histeriqueando desde que entré en la redacción hace unos meses.

 

“No te voy a permitir que pases el domingo encerrada, metida en la cama leyendo. Vestite, te paso a buscar y vamos a comer, yo invito”.

 

P es el director del área digital; ronda los 35, alto, morocho, pelo alocado, canchero, de esos que prestan casi demasiada atención a lo que se ponen. Está recientemente separado, e intuyo que no anda perdiendo el tiempo. No tengo muchas ganas de verlo, odio las caras de velorios y ese gesto de cabeza inclinada seguidos de un “¿cómo estas?” y cara de uf, pobrecitaaa.

Le doy vueltas, pero no acepta un no como respuesta.

 

Me trae flores, y me aclara “no te voy a preguntar cómo estás, los infartos y los divorcios son siempre horribles. ¿Vamos?”.

 

Vamos en mi auto, porque él tiene el suyo en el taller. Me da direcciones pero no tengo ni idea adónde vamos. Estacionamos en la esquina de Borges y Nicaragua, y caminamos hasta la esquina de Costa Rica donde está Burger Joint. Había leído en una nota que tienen unas de las mejores hamburguesas de la ciudad.

 

El lugar es chiquito, prolijamente desprolijo; parece una parada para motoqueros salida directo de una serie yankee; unas pocas mesas, paredes pintarrajeadas, graffiteadas, olor a comida pseudochatarra. Está repleto de extranjeros y locales, esperando adentro y afuera sus mega hamburguesas.

 

No hay muchas opciones, solo un par (en realidad son 4) de hamburguesas con papas fritas, cerveza tirada y gaseosa. La mexicana tiene guacamole, jalapeños, salsa picante, tomate y queso. Tienen una clásica y otra jamaiquina, y por último la Bleu viene con queso azul, cebolla caramelizada y rúcula.

 

P pidió la Jamaica (con ananá, cheddar, jalapeños, panceta, pepino y honey mustard) y yo la clásica (con cebolla, lechuga, tomate, mayonesa, y le agregué pepino). Incluso sin hambre me terminé toda la hamburguesa; demás está decir que estaba bien. La cerveza no me pareció gran cosa, y el punto bajo fueron las papas, bastante malas, pero con la mayonesa de cilantro restaron menos puntos.

 

Salí de Burger Joint con la panza contenta, y caminando con ese típico calorcito en el cuerpo de cuando tomás alcohol al mediodía y se te sube un poco a la cabeza. De ahí caminamos un par de cuadras hasta el Starbucks de Malabia, y compramos unos tés para caminar con las manos calentitas. Charlamos, nos reímos y me distraje casi por completo.

 

Nos dimos un solo beso, en el auto, a la vuelta, en un semáforo en rojo mientras sonaba de fondo Cuando no estás del nuevo disco de Calamaro. Cuando nos despedimos en la puerta de su casa le agradecí por hacerme reír, y me preguntó si estaba mejor; dijo que lo usara de acompañante terapéutico cuando quisiera.

 

 

 

 

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