30 de agosto de 2013

 

El viernes pasado hacía frío en Buenos Aires. Después de unos días casi primaverales, había vuelto el frío justo ese día que había estado todo el tiempo afuera dando vueltas por la ciudad buscando una locación para hacer unas fotos para el lanzamiento de temporada de la marca de ropa de una amiga. Después de un día eterno, y con esa noche helada, qué ganas tenía de meterme en la cama o hundirme en el sillón y ver una maratón de películas con un balde pochoclo. Podía sentarme a ver Amèlie por décima vez, empezar la última temporada de Mad Men o ver los últimos capítulos que me quedan de House of Cards.

 

Y en medio de ese debate interno apareció mi hermana, que se había ganado en la radio dos entradas para ir a ver “Más canchero” en el Paseo La Plaza, y no tenía ninguna amiga que le hiciera el aguante, y que por favor, por favor, la acompañara, que me invitaba a cenar adonde yo quisiera. “El otro día me dijiste que querías tomarte más en serio eso de ver Buenos Aires con ojos de turista; ¡vamos al teatro y a comer a Pippo! ¿Que más Buenos Aires que eso?”.


Mis viejos nos habían llevado a Pippo cuando tenía no más de 10. Mis hermanos fanáticos de la pasta, mis viejos también. Era EL plan, salvo que a mí nunca me gustaron mucho. Me acuerdo haber pedido los vermicelli con tuco, y que cuando terminó la cena mi plato seguía siendo una montaña (apenas más chica que la que llegó) de fideos, pero no quedaba ni en el menor rastro de la salsa.

 

Casi 20 años más tarde, sigo sin ser fanática de las pastas, pero no ando dejando medio plato de fideos, y me divierte ver si el clásico de los clásicos sigue siendo el mismo. Así que le dije que sí, cambié la bata y las pantuflas por la campera y los borcegos, y a enfrentar el frío con una noche híper porteña.

 

Entrar en Pippo es como un viaje en el túnel del tiempo. El lugar sigue siendo igualito a como me lo acordaba. Ruidoso, repleto de gente, los mozos de siempre corriendo de un lado al otro, montañas de fideos con mucha salsa y cada uno con su porción individual de queso para agregarle a las pastas.

 

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Mi hermana pidió spaghetti bolognesa, y yo pedí los clásicos vermicelli tuco y pesto. Los fideos estaban bien, abundantes y gruesitos como deben ser, pero no me volvieron loca. Habiendo dicho esto, la salsa es TODO. Pan, queso, salsa, y me sentí de 10 otra vez, dejando bastantes fideos en el plato, pero ni una mancha de tuco. Aunque te cobren el cubierto para ponerte un mantel de papel, y pagues dos salsas cuando pedís salsa mixta, me parece que sigue siendo barato.

 

De Pippo nos fuimos caminando al teatro (suena como si hubiésemos hecho una caminata digestiva, pero está a una cuadra del teatro). La obra estuvo bien, excelentes ubicaciones y nos reímos mucho, absolutamente recomendable.

 

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1 Comentario

  • Sonia

    Las pasta y las salsa son excelentes. Me quede con la intriga del postre, que postre comieron?….. después de las pastas nunca se que dulce comer….

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