Por Alejandro Maglione

 

Lo sucedido. Un chef se quejó en Facebook que un influencer le había hecho llegar una propuesta de ir a comer a su restaurante cuando lo deseara y con quien deseara, a cambio de lo cuál él comunicaría su presencia en el lugar a través de sus redes sociales, particularmente la promovida Instagram.

 

Nada nuevo. Esta denominación la escuché por primera vez en una reunión multitudinaria que realizó una bodega en Buenos Aires. Le hago notar a la responsable de prensa que el lugar estaba lleno de “famosos por lo desconocidos” y me retrucó que se trataba de influencers.

 

Me explicó que se trata de gente que marca rumbos en el grupo social en que se mueven o bien blogueros que tenían miles y miles de seguidores, que nadie comprobaba si era cierto el número alegado. No me convenció…

 

Marketing. Sin duda que las reglas del marketing de todo tipo de productos y servicios vienen sufriendo cambios vertiginosos. Solemos escuchar que hoy  enseñan en el primer año de la universidad en sus facultades de ciencias duras, materias o temas que no le servirán para nada al alumno cuando se reciba.

 

Está cuestionada la televisión. Se ha revalorizado la radio. Cuando se pregunta el peor enemigo de la industria del libro, responden: “Netflix”. Los diarios huyen del papel. Las revistas no saben dónde pararse. Entonces, aparecen como tabla de salvación la figura de estos oportunistas, las más de las veces inventados por las propias marcas o empresas, que son una suerte de vendedores de magias escondidas a los que nadie se les atreve, por las dudas.

 

Los periodistas. “Periodista” es un término difícil, porque hoy cualquier bloguero se presenta como periodista. Antiguamente, en los medios se distinguía claramente entre “cronistas” y periodistas. El cronista se limita a levantar opinión sobre algo que hubiera sucedido. El periodista analiza el suceso, lo que requiere conocimientos más profundos.

 

Hoy nuestros restaurantes padecen el acoso de los “periodistas” que les reservan mesa. Lo normal es que vayan con su pareja, con lo que matan dos pájaros de un tiro. Lo real es que no saben como defenderse. Nadie los amenaza pero ellos se sienten intimidados por un cualquiera que se muestra amenazante con su página de Facebook con 200 seguidores.

 

Por otro lado, están los periodistas de verdad. Que viven el dar a conocer los buenos lugares para salir a comer como un servicio. Hoy las empresas periodísticas, salvo alguna excepción que confieso no conocer, no se hacen cargo del gasto que significa investigar la cocina de un lugar. Y para el humilde periodista, que no tiene “bolsillo de payaso”, se le hace imposible atender los costos de un almuerzo en un lugar de mediano o alto precio.

 

Algunos tienen la buena costumbre de llevar su botella de vino. Para no ceder a la tentación, como le pasa a algunos, de elegir el vino por la columna del precio…porque en su casa pareciera que no le enseñaron que cuando va invitado a un lugar, la bebida la propone su anfitrión.

 

Si se escribe para un medio que paga por la nota, el asunto queda allí y no es correcto pretender cobrar por hacerla (los restaurantes hablan de estos personajes pero son tumbas a la hora de dar un nombre). Pero tampoco se puede pretender que el periodista pague de su bolsillo el ir a conocer un restaurante, porque se caería en la falacia de pagar por promover, lo cual suena algo tonto.

 

¿Qué hacer? No hay consejos para esto. Aquí cada uno debe proceder según su olfato. Ciertamente, si fuera un restauranteur no  le pagaría a uno de “esos” como los que aparecen en programas de TV vespertinos y piden permiso para mandar un saludo, resultando que el saludo es una cadena de chivos sobre quién lo vistió, de quien son los zapatos que calza, o los lentes que exhibe. No, cada uno debe hacer su experiencia o apoyarse en algunas de las agencias que conocen bien el mercado y direccionan  periodistas que comprobadamente pueden llenar un lugar mostrando su pulgar para arriba.

 

Conclusión. Este tipo de razas nacen, crecen y se desarrollan a costa de los que –literalmente- les dan de comer. Suelen no distinguir entre lo que es una tortilla o una omelet y menos aún entre un vino de precio y otro que no lo es.  Está en cada empresario elegir quien comunica mejor su lugar o producto. Un poco a prueba y error. Lo que no hay que hacer es volver a cometer el mismo error dos veces, porque eso, eso se llama de otra forma…

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