Por Alejandro Maglione

@MaglioneSibaris

 

El clamor.  En España está sucediendo lo mismo que en la Argentina: el consumo de vino per cápita no cesa de bajar. En otros países productores se nota la misma tendencia a la baja. Al tiempo que en Inglaterra y Estados Unidos cada vez más jóvenes se sienten atraídos por beber un rico vino.

 

Entonces, aparecen los gurúes como la histórica experta  Jancis Robinson y declara que el consumo del vino en España decae porque: “Los precios se han disparado, han subido demasiado en su equivalencia en valor. Por ejemplo, Ribera del Duero no tiene muy buena aceptación internacional porque se ha convertido en un vino muy caro, con demasiado roble, muy pesado y difícil de beber, además de excesivamente alcohólico”.

 

Y tiene con qué para opinar porque doña Robinson es nada menos que columnista del  The Financial Times; además es asesora de la bodega de la Reina Isabel II de Inglaterra;  miembro de la Orden del Imperio Británico y  Master of Wine (MW). Pero su mirada hacia los  más ligeros vinos gallegos, de precios más accesibles, la llevan a concluir que la era de los vinos que agradaban al crítico Robert Parker ha pasado. (Agrego: ¡ya era hora!).

 

Veo un reportaje al querible Master of Wine Tim Atkins, gran amigo de nuestro país y de sus vinos, en el que reclama que es la hora de mirar los vinos en el que varias cepas convergen a producir caldos que superan en calidad a las uvas en sí separadamente. Tim dice sin vueltas que no sólo hay que poner en el mercado vinos de buena calidad a precios accesibles, sino que hay que dejar de dirigirse al gran público hablándole de la “maceración maloláctica con presencia de tartárico”. Son palabras suyas.

 

El vino no le habla al consumidor local. No sé si debemos volver a la publicidad inolvidable de Hugo Arana de los vinos Crespi. O que desde la radio nos entusiasmen con la canción vibrante que terminaba proponiendo “¡Resero blanco sanjuanino!”. Lo que es cierto es que no le estamos, en general, hablando al consumidor común. Se habla poco y cuando se lo hace el mensaje parece dirigido solo  para conocedores de buena billetera.

 

En otros tiempos. En unas charlas que tuve hace unos años atrás con Néstor Bressia, quien fuera el legajo Nº 1 de la bodega Chandon de Argentina, me contó infinidad de detalles de los años pasados trabajando con el barón Bertrand de Ladoucette, el afamado Barón B. Néstor me contó que en los meses iniciales de la instalación de la famosa productora de Champagne en nuestro país, le dijo mientras estaban almorzando en un lugar cercano a la oficina que tenían en Florida y Córdoba: “Néstor, nos va a ir bien en este país. Observe que en casi todas las mesas hay un sifón de soda para agregarle a la copa de vino. Nosotros le venderemos vino blanco con las burbujas incorporadas…”.

 

Esta humorada respondía a una realidad. La Argentina de los 90 litros de consumo anual per cápita de vino, se permitía beberlo como  le daba la gana.

 

¿Y los millennials? Quizás están esperando el mensaje de que tomen el vino como les dé la gana. Quizás esperan constatar que no hacen falta pagar  más que una buena cerveza artesanal para beber un buen vino. Quizás alguien los debería entusiasmar con los nuevos envases como el “bag in box” que conserva el vino en perfecto estado de un día para otro sin echarse a perder y cuya imagen hace mucho que se separó del popular “Tetra”. Debería ser canchero llegar al asado con amigos con la caja tomada de su manijita.

 

Quizás esperen que la felizmente creciente coctelería le ofrezca más tragos con vino. O quizás esperan que en los días calurosos alguien les hable de cómo era el hábito familiar de beber el vino en sangrías descomunales o el coqueto clericó de vino blanco que estaba presente en los bares de playa.

 

Como tampoco hay que olvidarse que los millennials no son todo el mercado potencial de consumo. La vida que se ha extendido, en momentos en que la ciencia asegura que la pubertad se ha extendido a los 24 años (¿será?) queda un extenso mercado consumidor que supera los 35 años y que espera que aparezcan acciones promocionales que piensen en ellos también.

 

Redondeando. El vino no debe cejar en los esfuerzos que realiza por abrir y refirmar los mercados internacionales en los que va logrando penetrar. Pero debe dirigir su mirada a un mercado interno que pareciera no sentirse observado por la industria. Semana tras semana en Buenos Aires se abre una nueva cervecería que prontamente se repleta de jóvenes. No sucede lo mismo con los “wine bars” que existen en los Estados Unidos o Inglaterra, donde el consumo de vino sigue en alza. Me permito saludar la apertura de VICO en Buenos Aires, pero no alcanza.

 

Apuntemos a hacer que el vino vuelva a ser un consumo frecuente de los argentinos de toda edad y latitud. No les hablemos con una campaña de saturación para las fiestas navideñas olvidándonos que por ley se trata de nuestra bebida nacional. ¿Puede alguien imaginar una campaña en Escocia para consumir whisky en Navidad? Estamos a tiempo de detener la curva descendente, pero el cambio no vendrá de afuera ni será mágico. Hay mucho para hacer y caminos para elegir. Uno solo está vedado: no hacer nada…

 

 

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