Por Alejandro Maglione

amaglione@datamarkets.com.ar

 

El punto. El punto es que a las muchas tendencias que se van generalizando a los restaurantes,  va llegando lenta pero inexorablemente la moda de las mesas demasiado juntas, a un punto que los comensales de la mesa de al lado prácticamente forman parte de la nuestra.

 

En muchos restaurantes del mundo el tema de agregar mesas para obtener más rentabilidad es una práctica usual. No es un invento porteño. La pregunta es: ¿tenemos la educación como para que alguien esté almorzando con otra persona a 50 centímetros de nosotros y no involucrarnos en la charla de los de al lado?

 

Los ravioles de Cipriani. Hace décadas en Buenos Aires se instaló el restaurante Cipriani, controlado por un descendiente de la familia del mismo nombre que regenteaba el Harry’s Bar de Venecia donde se inventó el famoso trago “Bellini”.

 

Era un lugar al que el medio pelo porteño no se privó de ir para ver y ser visto. El nieto del veneciano que se había puesto a su frente, viendo el éxito obtenido, no dudó en comenzar a agregar mesas y más mesas, generalmente circulares.

 

Una noche llegamos al absurdo de que para hablar con el que estaba más próximo a mi izquierda en mi mesa, tenía que casi pasar por el comensal de la mesa de al lado, que como un engranaje había quedado casi al medio de los dos.

 

El problema vino cuando habiendo aceptado la sugerencia del buen Giuseppe de comer un plato de sus afamados ravioles, al señor del la mesa de al lado que era uno de los dueños del lugar, lo desalentó a comer el mismo plato, diciéndole en cocoliche: “gli ravioli non sono buone…”, y de inmediato le ofreció la igualmente famosa milanesa del lugar. Todo esto a poco más de medio metro de mi cara…Ese lugar tuvo que cerrar al poco tiempo, con fama y todo… ¡Ah! Y cambié los ravioles por la milanesa…

 

Las damas. Sospecho que el comentario que sigue me pone al borde de una denuncia en el INADI, pero aquí va. Días pasados elegí comer en un restaurante de esos de mesas un poco juntas de más. Dos elegantes damas se sentaron en la mesa de al lado. Con mi acompañante discurríamos sobre temas profesionales, en lo que creo era un tono de voz lo suficientemente baja como para no molestar a nadie que estuviera cerca.

 

Las damas hablaron en un tono subido como suelen hablar dos damas. Ya sea en la mesa de al lado, en un subte algo lleno o en un vuelo de 12 horas de duración  no es raro que dos señoras hablen toda el tiempo casi sin tomar aliento. Conclusión que, discretamente, tuvimos que cambiar de mesa, no tanto porque no nos interesaba el tremendo problema que había tenido una de ellas con compras en su último viaje a París (sic), sino porque poder sostener nuestra charla nos obligaba a elevar el tono de voz a un límite insoportable e indiscreto.

 

La educación. El tema suele pasar porque a veces pareciera que tenemos cierta dificultad para ajustarnos al “principio de alteridad”, que es aquel que debemos ejercitar teniendo en cuenta no incomodar al “otro”. A veces el cliente se mueve como si estuviera solo, sin importar si incomoda a los de al lado.

 

Esto mismo lo he visto en Norteamérica, un señor algo en copas, que le gritaba al mozo que no debía haber nadie cerca de su mesa porque el espacio que le señalaba era “su espacio”. Esto mismo  es difícil que uno lo sufra en las superpobladas capitales europeas, donde los vecinos de la mesa de al lado se comunican con murmullos.

 

No digo llegar al extremo de la ciudad de Basilea, en Suiza, donde a un amigo de mi hermano mayor, en su época de estudiante, le aplicaron una multa a poco de instalarse a vivir porque le gritó desde la puerta de su edificio a alguien que estaba en un auto a la hora que lo esperaba al día siguiente. En un edificio de tres pisos, lo había denunciado una vecina anciana del piso de arriba de donde él vivía….

 

Una idea. Creo que fue en México que vi en un restaurante unas pequeñas y ligeras mamparas que separaban unas mesas de otros, al punto que los comensales de una y otra ni siquiera se veían. Me pareció ingenioso y útil. Para pensarlo.

 

Conclusión. Si no se pueden evitar las mesas casi encimadas, bienvenidos serán algunos carteles que indiquen a los comensales que a sus vecinos de la mesa de al lado no les interesa su charla. Y sino, el viejo apotegma: joróbese si no le gusta o elija entre otro de los 12.000 restaurantes que tiene Buenos Aires, donde se sentirá más cómodo y menos invadido. Fue lo que hicimos los clientes de aquel Cipriani porteño, y el que terminó por irse fue el propio Cipriani…

 

 

 

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