Por Alejandro Maglione

 

Reiterándome.  Me reitero en el tema de que hay que darle importancia al lugar que ocupa la gastronomía en la selección que hacen hoy los turistas a la hora de seleccionar un lugar para sus vacaciones.

 

El portal Booking publicó una encuesta que hizo entre los argentinos que lo consultan y el resultado volvió a sorprenderme: 4 de 10 argentinos se interesaron por la gastronomía del lugar que se proponían conocer. Estadísticas anteriores nos hablaban de que nuestros compatriotas estaban interesados en la comida que les esperaba en un porcentaje que rondaba el 30%. Es decir, que el interés para este año llegó al 40% y sigue creciendo.

 

Para los que integramos el Consejo Consultivo de la COTAL (Confederación de Organizaciones Turística de América Latina) esto no es novedad. La organización hace tiempo que agregó el capítulo Turismo Gastronómico dentro de sus comisiones de trabajo.

 

Comida local versus comida gourmet. ¿Existe esta dicotomía? ¿Es una o la otra? Creo que no. El error de los lugares turísticos locales a veces pasa por  creer que la gente que sale de vacaciones con su familia busca lugares reconocidos con estrellas Michelin.

 

Ese es un tipo de turista, pero no la mayoría. La mayoría va a Jujuy a conocer como se prepara una rica humita en chala o un tamal. Pero días pasados veía con horror un menú de fin de año en el Noroeste que ofrecía una entrada con ostras y seguía con un estupendo plato de langostinos.

 

Hubiera podido ser el menú de Sarasa Negro en Mar del Plata, pero no, era el menú de un restaurante en la Quebrada de Humahuaca. ¿Quién puede imaginar que alguien viajaría a la Quebrada para comer ostras, por más frescas y bien preparadas que estuvieran?

 

Hay una selecta minoría, que les gusta que los identifiquen como “foodies”, que circulan por el mundo, con un bolsillo de payaso que felizmente tienen, que buscan los lugares caros para poder publicar sin demora en las redes que los conocieron y de ser posible, exhibir lo que pagaron. No está ni bien ni mal, es así.

 

La realidad. La realidad es que el turismo gastronómico al que nos estamos refiriendo pasa por comer en Roma como los romanos. Aceptando las excepciones de la cocina universal argentina que bajó de los barcos en el puerto de Buenos Aires: la milanesa, las pastas, una buena pizza. Pero si ando por Chos Malal en la provincia de Neuquén, mi esperanza es que me llegue a la mesa su afamado chivo. O si estoy en Neuquén capital no me perdería por nada del mundo los quesos de Mauricio Couly.

 

Si ando por la Comarca Andina, en la zona cordillerana que limita con Río Negro y Chubut, no espero que me sirvan spaetzle con manteca y queso de rallar, sino algún rico guiso de cordero o todo el otro abanico de delicias que nos ofrece esa región de Patagonia.

 

Ver un menú en Puerto Madryn que ofrece pulpo español es para agarrarse la cabeza. Pero ahí está y no hay forma de argumentar con el exitoso dueño del restaurante que mejor sería usar el pulpito de Madryn.

 

Me encanta que en Ushuaia los buenos cocineros honran a su centolla, su centollón o la cojinova a la hora del pescado, sin mencionar a la merluza negra que juega de local. Por no mencionar el menguado cordero fueguino que es maravilloso.

 

Ir a San Juan en temporada de alcauciles o de melones y pedir el asado de “punta de espalda” es ser sanjuanino casi completo. Para ser completo hay que probar sus deliciosos jamones crudos y no olvidarse de probar y traer a los parientes su inolvidable dulce de membrillo en pan. No, no hablo del vino porque ya está sobreentendido.

 

A cambiar. Ojalá en todos los lugares turísticos del país entendamos que al turista hay que darle de comer bien, no estafarlo con platos típicos de la corriente engaña-pichanga. Me entusiasmo cuando veo lugares de excelencia en Buenos Aires como la parrilla Don Julio, el restaurante Damblée, el Crizia, el Bella Italia, La Locanda que en propuestas y precios distintos, siempre lucen llenos.  Y del lleno participan muchos vecinos, pero una creciente cantidad de extranjeros.

 

No deberían existir lugares como los que encontré hace tiempo en La Boca, que llevaban a los turistas a comer verdaderos desaguisados. Los viajes también se recuerdan por lo que comimos. Y Buenos Aires y la Argentina, que tienen la sana intención de recuperar su lugar como destinos gastronómicos de excelencia, no merecen que existan lugares chapuceros que engañan a sus clientes.

 

Conclusión. Tome nota la gastronomía vernácula del estudio de este prestigioso sitio de Internet, siempre es mejor ajustar algunas clavijas, que lamentar las pérdidas. Como dicen los pastores de la televisión: “tú puedes”. En esto, pie

  • Facebook
  • Twitter
  • Google Plus

Sin comentarios todavía.

Dejar un comentario

Todos los campos son requeridos. Tu dirección de mail no será publicada.