Por Alejandro Maglione

Nada nuevo bajo el sol. De hecho, los que vivimos la década de los ’60, ’70 del siglo pasado, recordamos perfectamente que mientras estudiábamos de noche o volvíamos de una cuchipanda –se bailaba exactamente hasta las 4 de la mañana-, era frecuente escuchar el casco del caballo del repartidor de leche y más tarde el carrito o bicicleta del panadero (¿se acuerda? Esa de la rueda delantera chiquita y con un canasto enorme al frente).

Era una Buenos Aires en que las botellas de leche vacías tenían el pago o un papel con instrucciones para el lechero, pidiéndole más o menos botellas. Nadie tocaba nada. A ningún vecino le parecía gracioso sacar el papelito o deslizar los pesos del lechero a su faltriquera.

Estaban los triciclos que funcionaban de día, donde jóvenes con piernas como matafuegos, llevaban los productos de almacén encargados por una ocupada ama de casa. Nada se rompía en el trayecto. Nada se perdía. La vieja logística funcionaba impecable.

Un caso. Estudiando los orígenes de la familia Mastellone, descubrí que en sus orígenes producían muzzarella y ricota en una pequeña pieza de la propia casa en que vivían en Gral. Rodríguez. Un día, corrían los años  ’30, Antonino, el inmigrante iniciador del negocio, se compró un camioncito y pasó a repartir sus productos. En lugar de delivery, se le decía “entrega o despacho a domicilio”, pero el principio era el mismo: los productos iban hacia los clientes y no a la inversa. Y fue el comienzo de la expansión.

Los cambios. La vida de las ciudades, comenzando por Buenos Aires se volvió cada vez más complicada para sus habitantes. La mujer salió a trabajar afuera de la casa. La ciudad se pobló de gente que vive sola. Comenzaron a aparecer los primeros deliveries que se concentraron en el envío de pizza y empanadas. Luego las cadenas de heladerías socorrieron a sus clientes, acercándoles el postre salvador cuando se producía la aparición de visitas tan queridas como inesperadas.

Más cambios. Los restaurantes comprendieron rápidamente que los envíos de sus cocinas les generaban un ingreso extra, y si un cliente deseaba cambiar la rutina de su comida nada mejor que arrimar unos ñoquis con salsa rosa a la puerta de su casa.

Vino la Internet, con lo que se pudieron ver los platos, las porciones, el costo. Siguieron creciendo los establecimientos que en los alrededores estaban encantados de vender varios  platos más de milanesas con puré de papas.

Los clientes se dieron cuenta que podían comer satisfactoriamente sin salir de su casa, bebiendo un vino por el que no se ve obligado pagar descorche, y muchas otras virtudes.

Maglione

La sofisticación. Se puede decir que lo que viene ofreciendo Guía Óleo por estos días ya es el colmo de la sofisticación. Crearon un lugar donde pongo mi domicilio, y se abre un listado de ofertas de comida de una variedad increíble.

Hice la prueba y di un domicilio en las cercanías de Salguero y Av. del Libertador. Quedé mareado. La guía me ofrecía si lo que necesitaba eran establecimientos que prepararan calzones, comida para celíacos, comida árabe, armenia, japonesa, mexicana, peruana, vegetariana, y un largo etcétera. Hasta puedo pedir un desayuno.

El paso siguiente es elegir el tipo de comida, entonces se vuelven abrir, dependiendo de la comida de mi preferencia, docenas de alternativas, concretamente de restaurantes en mi radio de distribución, que ofrecen el plato que estoy buscando. Consulto el menú del lugar, y simultáneamente me informan si se cobrará algún monto por el envío (dependiendo de la distancia he visto montos que oscilan entre $10/20). También me informan la distancia a que se encuentra el establecimiento y el tiempo de demora para la entrega.

Para el caso de que se trate de lugares que solo abren de noche se puede dejar la orden para  cuando comienza el horario de atención ya está la orden colocada.

Conclusión. A primera vista parecía difícil darle una vuelta de tuerca al asunto, pero esto de contar con un lugar en la web en el que está todo servido, francamente es  lo que se llama hacer la vida más confortable ¡y sabrosa!

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