Por Alejandro Maglione

amaglione@datamarkets.com.ar

 

Dos realidades. La verdad es que el cliente porteño que sale a almorzar durante la semana laboral suele ser un cliente apurado. A más joven, más apurado está. Se podría decir que en estos almuerzos ha ido desapareciendo la sobremesa, que a duras penas logra sobrevivir en algunos almuerzos de fin de semana, más si tienen la forma de asado familiar o amical.

 

Incluso los madrileños, reyes de las sobremesas interminables, hace mucho tiempo que han debido restringir este hábito. Si hoy hay remolones en un restaurante madrileño seguramente que se trata de turistas. Quizás lo mismo esté pasando en estos momentos en Buenos Aires. Y esta es la otra realidad con que nos encontramos.

 

Los más viejos nos sorprendemos cuando algún experto, normalmente muy joven,  nos instala un programa en nuestra computadora y se queja de la lentitud que ésta tiene, cuando a nosotros nos parece que da respuestas vertiginosas. Para los jóvenes, cada nano segundo cuenta.

 

El joven apurado es normal verlo en la mesa compartida sentado con su notebook funcionando para que nada lo distraiga de la posibilidad de estar conectado. Para alguien con una juventud más ubicada en los ’60 que en los ’90 esto nos parece un sin sentido total. Pero el tiempo pasa y las nuevas costumbres si no las acompañamos nos atropellan.

 

Rituales. Lentamente también desaparecen en el mediodía porteño y cuanto más al centro peor, ese ritual de llegar a la mesa, aguardar a que lo ubiquen; luego aguardar a que el mozo traiga la carta; la paciencia se pone a prueba aguardando a que nos tomen el pedido; nos vemos exigidos en tolerancia si llegamos a precisar un cubierto suplementario o un refuerzo en la bebida. Pero la gran prueba de fuego viene cuando llega el momento de pedir la cuenta.

 

Por algún motivo misterioso, los restaurantes en general no logran dinamizar la llegada de la cuenta y la recepción del pago, que suele tomar un tiempo exasperante hasta para el más paciente. Es un fenómeno curioso. Suele suceder con el momento del check-out en los hoteles 5 estrellas: todo va fantástico durante la llegada y la estadía, y al momento de partir pareciera que el cliente acaba de dejar de serlo.

 

En el restaurante, a veces, terminar de comer es pasar a un estado de cierta invisibilidad. Agitar los brazos con frenesí no conduce a nada. Peor aún, no pocas veces logramos llamar la atención de un mozo que pasa, que amablemente nos responde: “disculpe, no es mi mesa…”. Y la espera se alarga.

 

La era del celular. Ya existen lugares, pocos, donde se puede utilizar el celular para reservar una mesa y hasta ir ordenando el menú, de manera de llegar y que todo fluya como lo desea el cliente apurado. El problema es que Buenos Aires es un lugar donde los dueños de restaurantes suelen quejarse de las reservas caídas. El porcentaje de fallos pareciera que es más alto de lo tolerable, lo que incluso ha llevado a que en algunos lugares se pida un número de tarjeta de crédito para poder cobrar una suerte de multa por no presentarse a cumplir con la reserva.

 

En esta era, algunas insinuaciones de que vamos avanzando con la tecnología la dan algunas cartas de vino que se presentan en tabletas. Bienvenidas, pero lucen insuficientemente utilizadas. Por ejemplo, no es difícil añadir una función para que elegido el vino podamos observar un breve comentario del enólogo hablando de las virtudes con que deberíamos encontrarlo, entre otros usos posibles.

 

Lentamente se pierde dinero. A pesar de que el dueño del restaurante se declare libre de la histeria de la demanda de un servicio lo más veloz posible, no se puede equivocar: el servicio lento al mediodía puede significar perder oportunidades de vender un postre o un café más. El cliente puede hartarse y apurar su partida.

 

Conclusión. Todos los consejos de prestar un servicio célere no debe hacernos olvidar de que el mozo debe evitar la automaticidad en sus gestos y sobre todo no debe olvidar esa sonrisa vendedora que llama a la buena propina. Que la tecnología no nos deshumanice sería el consejo final.

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