La Docta. Córdoba siempre fue una ciudad si se quiere montaraz. Gran parte de la historia de nuestro país la tuvo como protagonista de algunos hechos que nos marcaron para siempre. Se caracteriza no solo por sus casas de estudio de excelencia, que convocan a miles de de jóvenes del interior, se puede decir que, si consideramos que en la actualidad llega a registrar unos 3000 establecimientos dedicados a la gastronomía, cuenta con una masa crítica más que suficiente para pensar que si la intención es ir en busca de buenas comidas no saldrá defraudado.

La historieta. Me tocó vivir en Córdoba un par de años a mediados de los ’70. Mi recuerdo más pintoresco fue un señor mayor que se ubicaba diariamente en la peatonal y dispensaba piropos a las jóvenes agraciadas, a las que asociaba en sus versos con las flores más bonitas. La gente lo llamaba “Jardín Florido” y se paraba para escuchar sus requiebros.

En aquella ciudad la gastronomía pasaba por la comida casera honesta y enjundiosa. La comida refinada se buscaba en el restaurante que había en el Hotel Crillón, el mejor de la ciudad por entonces. De lo contrario había cantinas como “Buono” donde se comían excelentes pastas. Años después, a mediados de los ’80 ir a Córdoba y no comer el chivito del “Robertito” era prácticamente haber perdido el viaje.

De aquellos años quedan las fiestas populares relacionadas con la gastronomía. La de la “bagna cauda”; la de la “gallina hervida”; o la más reciente del “Choripán” son pálidas muestras de más de medio centenar que se desarrollan en la provincia.

La puja sobre el mejor salame artesanal entre Oncativo y Colonia Caroya, dudo que alguna vez arroje un claro ganador aceptado por todos.

Hoy. La realidad gastronómica, como decía, no puede ser más auspiciosa. A lugares ya tradicionales como el “Sibaris”, ubicado en el Windsor Hotel,  reino donde el famoso chef Roal Zuzulich, hace de las suyas para deleite de todos; o el “San Honorato” de siempre;  el “Novecento” o el “Goulu”, se le siguen sumando todo tipo de propuestas.

Las más recientes aperturas apuntan a un público que no tiene “bolsillo de payaso” para afrontar los gastos de una salida a comer con amigos. Porque eso hay que tenerlo bien en claro: para los cordobeses, como a la mayoría de los argentinos, el salir a comer no es parte de un programa –ir al cine y después a comer- sino que es EL programa. Se sale con la familia; se sale con amigos; y sobre todo se sale porque sí, no hay que andar buscando motivos.

Los nuevos son:

“Pan Plano”, una pizzería con horno a leña y muy buen producto.

“Peñón del Águila” para los amantes de la cerveza y buenas hamburguesas.

“Gordó”, donde la abundancia de sus platos obliga a compartirla.

“Raíz” que ofrece una parrilla gourmet en el Cerro Las Rosas.

“El Papagayo” con su chef Javier Rodríguez.

“República” con la cocina en manos de Miguel Escalante. Tanto Rodríguez como Escalante son gente que transitan en la cocina de innovación, sin caer en sus tentáculos.

Vienen de atrás. “Lo de Villalpando” es un lugar para ir a comer comida salteña ortodoxa. Su dueño se declara no creyente de los barrios gastronómicos, y confiado dice que si la comida es buena los comensales irán a buscarla adónde sea. Si él lo dice…

“Il forno di Marco” es una  pizzería instalada por un ciudadano venido de Padua, Marco Tebaldi. Pone especial preocupación en el levado de la masa y se anima a proponer distintos acompañamientos que desafían a los comensales a correrse del hábito de la pizza Margarita.

“Diran” con comida armenia que siempre se prepara en el momento. Su particularidad es que está dentro de un mercado como un puesto más.

“La casa del tatich” donde el yucateco Juan Montalvo ofrece comida mexicana ortodoxa, alejada del tex-mex.

Tragos. Los cordobeses tienen una bien ganada fama de bebedores contumaces de fernet, pero la moda de ampliar las ofertas de tragos crece sin cesar.  La novedad se llama “Dos Onzas”, que se ubica en el tradicional barrio Güemes, cuya barra está a cargo de Lorena Vergani.

“La Cova del Drac” lo tiene a Matías Leanez a cargo de su barra. Este lugar es generalmente elegido por quienes prefieren algo más tradicional

“Roof Top” donde Daniel Estremadoyro, un peruano de quien muchos dicen que es el mejor bartender de Córdoba. Algunos advierten que su carácter puede que no ayude a la imagen típica de un bartender, pero se sabe que el que para unos puede ser difícil, para otros puede ser encantador.

El vino. Desde hace mucho tiempo se produce y habla del “Vino de la Colonia Caroya”, que confieso que nunca logró atrapar mi paladar ni el de los más reputados expertos.

Pero ahora resulta que empiezan a pasar cosas en la región de Traslasierra, donde un rugbier encuentra su vocación viñatera a partir de un asado en la parrilla del Hindú Club cerca de Buenos Aires. No vamos a contar toda la historia, pero un golpe de suerte tras otro llevó a Nicolás Jascalevich a terminar instalando la bodega San Javier, cuyos viñedos se componen de Malbec, Cabernet Sauvignon, Syrah y Merlot; compartiendo el proyecto con su mujer e hijos, sumado a sus padres que tienen una hostería y cabañas en el mismo terruño. Por ahora son 20.000 las botellas que produce, y la calidad va encontrando un rumbo. Los vinos no se hacen a partir de una cosecha, sino de varias, en las que se va buscando una calidad que se consolida de a poco.

En el Valle de Calamuchita se están comenzando a poner en marcha un par de proyectos prometedores.

Conclusión. Córdoba Capital y la provincia toda, está llamada a ser un destino para hacer turismo gastronómico, claro que hay que venderla con más ahínco, porque los no cordobeses recorren los lugares más afamados, cuando lo mejor está todavía por descubrirse.

  • Facebook
  • Twitter
  • Google Plus

Sin comentarios todavía.

Dejar un comentario

Todos los campos son requeridos. Tu dirección de mail no será publicada.