Cuenta la historia que un día un rey pidió probar la sopa que se les daba a sus soldados mientras estaban en campaña. El brebaje resultó tan atroz que hizo traer al cocinero y le anunció que había resuelto decapitarlo por torturar a sus soldados con su comida. El cocinero pidió la gracia de poder dirigirse al rey antes de ser ejecutado. Otorgada, le dijo: “Majestad, habéis probado mi sopa sin haberle puesto los condimentos que la hacen muy apetecible a tus soldados: el cansancio de todo un día de marcha o de combate; y el hambre desesperante de haber pasado interminables horas sin comer…”. El rey, meditó y le perdonó la vida. Este alimento tenía un nombre que llegó a nuestros días: bodrio.

El asunto viene a cuento como resultado de una investigación culinaria aprovechando la internación de un amigo. Desde la primera noche, los platos que fueron desfilando eran realmente incomibles. A pesar de que el amigo estaba internado por un tema que poco tenía que ver con su estómago, le resultó imposible comer la magra ración que le acercaban a su habitación.

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El problema se repite en muchos hospitales y sanatorios, porque los cocineros claramente no desean comprometer su imaginación, y las encantadoras nutricionistas –como se sabe, es una profesión mayoritariamente femenina- se limitan a indicar los ingredientes necesarios para lograr un plato balanceado en nutrientes. Y punto. Con lo que abonan la teoría de que comida sana es sinónimo de comida sosa.

El problema es que el mandato de prescindir de la sal se interpreta como que no debe llevar ningún otro condimento. Por ejemplo, los purés son de papa –sólo aplastada y puesta en el plato-, zapallo y batata, con el mismo proceso, sin nada más. El perejil, el ajo, la nuez moscada, un puñado de albaca picadita, un poco de romero, tomillo, orégano, por no hablar de algo de pimienta o pimentón, si el problema del paciente lo permite, por no mencionar un huevo crudo mezclado en el puré o un poco de mostaza en polvo ayudando a superar el momento. Las alternativas son tantas…

Pero el paciente, que fue atendido maravillosamente por médicos, enfermeras y camilleros, parecería que además no puede pretender que sus frugales ingestas, también sepan a algo. Un día el conocido pope de la Calidad Total, Peter Drucker respondió,  en una teleconferencia que se hizo en Buenos Aires, a la pregunta sobre cuáles eran los servicios universalmente regulares: “bancos y hospitales”. Y abundó: “En ambos casos quienes atienden, sean clientes o pacientes, reciben el trato correspondiente al que se le hace un favor…”.

Justamente, sugería que los banqueros y médicos debían probar su propia medicina, para saber cómo se sentía le gente a la que servían. Esta fue la pregunta que se les hizo a los que trabajan en el sanatorio: “¿comen la misma comida que los pacientes?”. La respuesta unánime fue: “no, pero la nuestra no es mejor…”. Y muchos confesaron salir a comer afuera por el barrio…

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Ciertamente este ejemplo no abarca a todos los nosocomios, pero quienes visitamos amigos, sabemos que cuando llega la comida, se nos estruja el estómago de ver lo que se le avecina al sufrido internado, quien por la operación de su rodilla no ha sufrido mengua alguna en  su apetito.

Por lo tanto, a los establecimientos que este comentario no los incluye, gloria y loor. En cambio, para los que tienen a sus pacientes en base a caldos que ni aguachentos parecen, caigan relámpagos justicieros, castigando a los cocineros desaprensivos y a las frías nutricionistas, que hacen que el mal trago que están pasando todavía les resulte más amargo.

Porque al fin y al cabo, los pacientes internados por razones no tan graves no son soldados griegos a los que se los pueda arreglar con un bodrio…

Por Alejandro Maglione

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