Por Alejandro Maglione

 

El tema. Leyendo comentarios recientes por el cambio de cara y de nombre de lo que fuera “La Perla del Once”, me puse a reflexionar sobre si no era mejor hacer algo antes que se cierren o se dediquen a otra cosa lugares como éste, que lamentarse amargamente después que los dueños se cansen de perder dinero para sostener la memoria de algunos nostalgiosos.

El caso. La Perla de Once es otro caso que sigue a tantos otros como la Richmond de Florida; en su hora Las Violetas, ahora recuperada; o el más reciente caso de la Confitería El Molino, donde el gobierno de la CABA ha resuelto ponerle mano y dinero al asunto. Los ejemplos, desafortunadamente abundan.

Los motivos. Las razones de porqué un bar o restaurante pierden su rentabilidad son varias. Muchos casos son mala gestión de los herederos de los que fundaron el lugar. Otras veces son los propios dueños que se aferran al “Hace 40 años que hacemos esto ¿por qué debería cambiar?”. Para algunos dueños el imponderable que los saca del mercado son nuevos dueños del inmueble que proponen alquileres que resultan inabordables. A veces las circunstancias escapan a todo control, como el caso en que el barrio donde está ubicado cambia totalmente su fisonomía, sumado a un público merodeador que poco tiene que ver con los históricos rockeros. Finalmente, el más frecuente es que sus clientes, por los motivos que sean, dejaron de frecuentarlo en la forma que lo hicieron durante lustros.

Lamentos tardíos. El caso es que cuando toma estado público el cierre; cambio de rubro; demolición o lo que fuera, generalmente es tarde para todo. Si los clientes habituales y de los otros, no consumen en el lugar, es literalmente imposible apostar a la supervivencia de un lugar por más histórico y emblemático que este sea.

Lo curioso es que los cambios no suceden de la noche a la mañana. La experiencia indica que cuando uno visita un lugar en distintos momentos de un determinado tiempo, en diversos días y horarios, y siempre está vacío, es fácil ver el final en un futuro cercano. Siempre sucede igual. No hay notas de prensa que puedan salvarlo.

En el caso que hemos tomado, La Perla de Once, todo el mundo veía que el lugar donde se compuso “La Balsa”, como lo recuerda una placa que han conservado los nuevos dueños, ubicada en el baño del lugar, estaba en un camino de salida al no poder sobrellevar una situación insostenible…

¿Y los fanáticos del rock nacional? Bien, gracias. Asistieron a algunos esfuerzos insuficientes por recobrar el lugar, pero nada más.

arqa

La confitería del Molino en otros tiempos. Recientemente, el GCBA anunció un plan de rescate y puesta en valor.

 

Oropeles. La Perla había sido declarado por el gobierno de la CABA como un lugar “de interés cultural”, para luego integrarlo al listado de bares notables. Bienvenidos sean estos reconocimientos, pero hay que preguntarse si el área de Cultura de la ciudad, o quien corresponda, no debe hacer un seguimiento del presente y futuro de estos lugares. Cuando se tiene la suerte de visitar ciudades europeas, solemos sorprendernos de bares y restaurantes centenarios. Amén de la mejor o peor gestión comercial que tengan y hayan tenido, suele suceder que estas declaraciones vienen acompañadas con beneficios impositivos y desgravaciones que aseguran la supervivencia y el destino del lugar reconocido.

Cuesta creer que el propio municipio no elija estos lugares para desarrollar algunas actividades, que los ayude a promoverse y de paso permitir engrosar la caja registradora con algunos maravedíes suplementarios que les asegure su supervivencia.

No es mi tema, pero de algo estoy seguro: luego de las consabidas distinciones se impone un compromiso del municipio a largo plazo, para resguardar lo que se ha reconocido como patrimonio cultural de la ciudad.

Redondeando. Es bueno dar la pelea por nuestros bares y restaurantes históricos, con enorme contenido histórico, cultural y sentimental, pero hay que hacerlo antes de que sea tarde. Un crédito muy blando del Banco Ciudad para volver a poner en valor un lugar castigado por el paso del tiempo, ayudaría mucho. Quizás una comisión ad honorem que los vaya monitoreando, donde tenga algo que decir la Asociación de Hoteles, Restaurantes y Confiterías; la Academia Argentina de la Gastronomía; el área correspondiente del gobierno de la CABA, y todo comedido experto que se quiera sumar al esfuerzo, sería un buen comienzo…

 

 

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Créditos fotográficos:
Perfil y Arqa.
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1 Comentario

  • Ana

    Conocí el lugar en mi niñez y actualmnte almorzaba alli si andaba por la zona. En febrero fui y vi las obras: el conserje me dio la triste noticia. Coincido q declarar estos lugares de interes cultural no sirve d nada sin apoyo financiero.

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