Por Alejandro Maglione

amaglione@datamarkets.com.ar

 

El asunto. Los porteños, y hasta podría decir los argentinos, naturalmente no somos de compartir mesas. Algunos viajados podrán recordar de haberse sentado solos en la mesa de una confitería en Viena a tomar un té con una deliciosa porción de la “sachertorte” y si el lugar no tenía mesas disponibles, una dama, generalmente mayor, podría haberse sentado enfrente, sonreir, tomar su té, comer lo que hubiera elegido, levantarse e irse sin haber cruzado más palabras que un “buenas tardes”, seguido de un “hasta pronto”.

 

Esto no podría suceder jamás en Buenos Aires con un desconocido: si me siento solo en una mesa de dos, notebook abierta, nadie se  pondrá con la suya enfrente mío. Ni siquiera me pedirá permiso, porque está sobreentendido que esa mesa es para mí solo.

 

¿Nunca? El hábito solitario va cediendo poco a poco gracias a las mesas comunitarias que van apareciendo en distintos cafés-restaurantes. En un lugar que frecuento en Salguero y Gelly, sus mesas comunitarias –tiene dos: una en planta baja y otra en el primer piso- tienen 22 sillas. Son impresionantes.

 

Allí pude ver a mucha gente ya entrada en años, que se sienta con un diario en la mano a almorzar. También vi jóvenes de ambos sexos sentarse con sus computadoras. Un día vi a uno que se sentó, se puso auriculares y se conectó por Skype con un amigo lejano y almorzó conversando animadamente con él.

 

Luego vienen los grupos bulliciosos. Inevitable es ocupar lugares en estas mesas cuando son más de 4 los que salieron a almorzar juntos. No importa el número, llegan temprano y copan de la cabecera hacia el medio. No es la compañía más deseable, porque en general no hay educación suficiente que nos haya enseñado que el tono de voz no debe molestar a los demás. Ni hablar si además corrieron unas cervezas o unas botellas de vino: la cosa se pone ruidosa en extremo. Pero no es lo más común que pase.

 

Lo inesperado. Para hacer esta nota se me ocurrió hacer una investigación sobre el tema. Y me sorprendieron los mozos contándome, en distintos lugares, que en esas mesas habían visto generarse grupos de interés. Por ejemplo, vieron a un grupo de gente de distinta edad armar un grupo de Whatsapp de gente interesada en ir al teatro…

 

Estos grupos, me informaron, no tienen ninguna connotación de encuentros para solos y solas, como uno hubiera imaginado picaronamente. No sucede, al menos que  los mozos indiscretos hayan podido advertir. Son, como dije, grupos de interés, que colaboran a combatir la soledad de las grandes ciudades.

 

El punto. Ahí está el punto. La gran ciudad es un refugio de solitarios. La soledad suele ser una buena compañera. Poco exigente, respetuosa de los momentos de silencio, y otro sin fin de virtudes. Pero cuando llega la hora del almuerzo, generalmente esa soledad pesa.

 

Y la pesadumbre no se palia al sentarse solo en una mesa para dos. Personalmente vi este sistema de la mesa comunitaria hace varios años atrás en distintos lugares de comida de la ciudad de Toronto, Canadá.  Siempre llenas, pero con escasa comunicación entre los comensales. Los anglosajones se sabe que son gente extremadamente celosa de su individualidad, quizás esto explique esa poca comunicación que se ve a primera vista.

 

Un amigo me contaba que en su oficina de Ginebra, Suiza, todos sus compañeros se quedaban a almorzar en su escritorio las viandas que traían de su casa. Nunca cruzó una palabra con ninguno de ellos, ensimismados con sus computadoras. Cada loco con su tema, como dice la canción.

 

Redondeando. Por eso hay que dar la bienvenida a la tendencia de las mesas comunitarias. Quizás, habría que poner un pequeño cuadro a la vista donde se sugieran ciertas formas de comportamiento, entre las que debe estar el comunicarse hablando discretamente. Igualmente, hacerle fácil la vida a los mozos y mozas a la hora de las comandas y las cobranzas, no aportando más desorden a ese momento en que la anarquía suele hacerse presente. Los solos que no deseen estarlo, han encontrado su espacio. Que el ejemplo cunda…

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