22 de noviembre de 2013

 

Sabía que iba a ser un día intenso. Tenía que levantarme tempranísimo para ir a la grabación de un comercial a las 6 am en Abasto, entregar una nota antes del mediodía, e ir a visitar a papá antes de su viaje (aunque estoy completamente en contra de que viaje post infarto).

 

A eso de la 1 recibí un mensaje de P preguntándome en qué andaba, e invitándome a comer a Guardiola en Cañitas. Me había divertido mucho la vez pasada, incluso con el mal día que tenía, así que le dije que si me esperaba un rato a que resolviera algunas cosas, sí.

 

Nos encontramos cerca de las 3. Yo llegué tarde, por supuesto, y él me esperaba leyendo un libro de Banana Yoshimoto y tomando café. Como él estaba por el café, sugerí comer al revés, empezando por el postre, helado.

 

Nos cambiamos a una de las mesas contra la ventana y mientras él terminaba el párrafo que había dejado por la mitad, yo me dediqué a observar y sacar fotos del lugar. El local es lindo, uno de esos lugares medio green-eco-friendly que están de moda ahora, con filosofía slow (medio blef) pero bien puesto. Mucho blanco, pisos y barra de madera, mesas lindas, cuadros y pizarras en las paredes.

 

Comí helado yo sola, de crema de maracuyá, aunque me robó algunas cucharadas. Después compartimos un sándwich de roast beef con papas, y yo pedí una polenta crocante con queso brie, tomates asados y rúcula.

 

Haciendo mérito a su filosofía slow, la comida tardó mil años en llegar, pero la verdad es que no me importó demasiado. Una de las cosas que me gustan de de P es que siempre tenemos de qué charlar, y que la conversación no es forzada, siempre fluye naturalmente, como si fuese un amigo de toda la vida.

 

Esgrimeamos con pavadas como el clima, el nuevo ios7 y las apps del iphone, se ríe de mi costumbre insoportable de sacar mil fotos a cualquier cosa. Hablamos de su libro y de que yo soy bastante fanática de Murakami; nos acordamos de nuestras infancias, de las cosas con las que jugábamos cuando éramos chicos y las macanas que nos mandamos de adolescentes. Yo tenía legos, él rasty, yo jugaba con mi hermano a los superhéroes y él era fan de los autitos de colección. Distintos, pero muy parecidos a la vez.

 

La comida estuvo más o menos, pero la pasé genial. Nos besamos a través de la mesa, y no pude evitar reírme. De a momentos parecíamos esas parejas insoportables que se andan besuqueando y te dan un poco de vergüenza ajena cuando pasás por al lado. Cuando terminamos de comer me preguntó si quería ir a tomar mate a su casa, aunque creo que los dos sabíamos que no íbamos a tomar nada.

 

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