Por Alejandro Maglione

 

La fecha. El 26 de octubre la ciudad de Buenos Aires  homenajea a sus cafés y cafetines. Ese día fue en el que abrió sus puertas el café Tortoni, el más antiguo de la ciudad que aún permanece abierto, fundado en 1858 y pidiéndole prestado el nombre a uno homónimo que existía a la sazón en París.

El café como institución. Siempre que toco este tema, que me apasiona, no puedo dejar de mentar las estrofas del tango “Cafetín de Buenos Aires”, que escribiera Enrique Santos Discépolo, para que le pusiera música el maestro Mariano Mores, y que unas estrofas dicen así “De chiquilín, te miraba de afuera/ como a esas cosas que nunca se alcanzan/ la ñata contra el vidrio/ en un azul de frío/ que sólo fue después viviendo/ igual al mío./ Como una escuela de todas las cosas/ ya de muchacho me diste entre asombros/ el cigarrillo/ la fe en mis sueños/ y esperanza de amor./  ¿Cómo olvidarte en esta queja/ cafetín de Buenos Aires….?”.

Antes de los celulares. Si uno andaba por la calle y quería encontrarse con alguien, era bueno tener registrada la hora y el lugar en que “paraba”. Por ejemplo, tenía un amigo hace años que aclaraba: “cualquier cosa me encontrás en la Mignon a las 6 de la tarde…”. El café era un lugar de encuentro hasta para hacer negocios, sobre todo en los años en que no había oficinas con cómodas salas de reunión. (¿Se fijó que en estos tiempos todo el mundo cuando usted llama se encuentra en reunión? Si es funcionario público, su secretaria dirá: “está en una audiencia…”)

Cosa de hombres. Aquellos cafés y cafetines eran cosa de hombres. Era poco probable ver mujeres ocupando una mesa. Y menos si la mujer estaba sola. En sus mesas había expertos de todo: deportes, economía, psicología, política. Estaban los que tenían tendencia a monopolizar la palabra. Eran los que se llamaban afrancesadamente: “este es un je sais tout…”. Creía saberlo todo y por eso opinaba sobre todo.

Bastaba llegar a la mesa para darse cuenta rápidamente si el horno estaba o no para bollos. El clima se percibía de lejos. Posiblemente ya hubiera habido una discusión algo desbordada sobre fútbol. O se analizaba el futuro de uno de los miembros que había sido despedido del trabajo. Vaya a saber por qué, en aquellos años de mitad del siglo pasado, a la mesa no venían temas relacionados con peleas matrimoniales (no se hacía demasiado público el vivir “en pareja”, que es una institución más de nuestros días).

Qué se consumía. Dependiendo de la hora, el rey era el cafecito. En general, ahora sabemos, que era bastante espantoso porque reinaba el café torrado. Ese café que los americanos habrían inventado durante la Segunda Guerra Mundial, que existe aún en poquísimos lugares, y que básicamente es un café tostado con azúcar. El procedimiento permite que con menos café se obtenga un líquido con particular oscuridad… A veces, alguno de la barra, espetaba al mozo: “¿qué nos trajiste, jugo de paraguas…?” y la muchachada acompañaba con carcajadas la “ocurrencia”.

No había demasiadas opciones como existen ahora. Por ahí, pintaba un café doble, quizás un cortado –que no lucía muy masculino-, pero no mucho más. Difícil que alguien pidiera un té…y menos un té verde o de hierbas…

Cerca del mediodía o al atardecer en la mesa hacía su aparición el vermú y la picada que lo acompañaba. A veces el acompañamiento eran maníes con cáscara, lo que hacía que el piso del lugar luciera lleno de estos deshechos. Nadie se preocupaba demasiado por pelarlos sobre la mesa o encima del plato. Para nada, la maniobra se realizaba despreocupadamente y las cáscaras volaban por doquier.

La picada eran sencillos cubitos de queso y jamón cocido, algún salamín, y ya algo más sofisticado unas papitas con mayonesa. Las papas fritas solían portar un exceso de humedad. Es complicado recordar otro bar como el del Plaza Hotel donde las papas fritas, aún al día de hoy, suelen ser caseras y llega  a la mesa ligeramente tibias. Pero este es un bar finoli  e incomparable con los cafés que analizamos.

Comprensión sobre todo. Lugar de encuentros con amigos, cada uno pagaba lo suyo, salvo que el domingo anterior en los burros alguno  hubiera pegado un batacazo, en cuyo caso la cuenta era suya. Los amigos no se prestaban plata entre ellos. De ser necesario era el dueño del café el que le fiaba al que estaba en la mala. El mismo personaje recibía mensajes para alguno de los parroquianos, ya que eran años en que tener teléfono en la casa era un lujo. O hacía saber al resto del grupo que uno de sus miembros se encontraba enfermo y no asistiría a la cita habitual.

Los amigos del café, no formaban parte de la vida privada de los otros. Eran mundos perfectamente separados.

Pero el dueño del café era la última instancia de la comprensión cuando uno estaba en la mala. La primera era el mozo habitual, que si veía que su cliente llegaba solo, traía el café y esperaba unos momentos precisos a ver si su oreja debía prestar un servicio a un alma angustiada.

Cerrando. Buenos Aires conserva todavía alguno de estos lugares emblemáticos, y la institución de la barra se conserva bastante en el interior del país. Se sabe que más allá de la General Paz el tiempo se mueve de otra forma, permitiendo disfrutar la vida con cierta mayor calma…Pero el tango dice que era “como esas cosas que nunca se alcanzan…”, y no era cierto: el tiempo se ocupó siempre de ayudarnos a alcanzarlo…

 

 

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Alejandro Maglione

1 Comentario

  • neris pascual vital

    Excelente!!! Vivi ciertas cosas del cafetin, pero ya en sus ultimos tiempos y sobre todo cuando era chico que veia en la Av de Mayo a clientes tomar su vermut, donde el mozo dejaba la botella y el sifon junto a los platitos y se le cobraba lo que habia consumido. No existia la medida ´para el vermut, si lo era para las bebidas blancas.

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